El dilema de los mangos (II)

Por Erasmo Calzadilla

Prendí un maldito “Popular”, como hago en lo momentos de tensión, y me puse a “estudiar” el caso.

Siempre he tenido mis reservas con tal apropiación de los terrenos públicos por parte de particulares, y con la manera tan “espontánea”  en que ella se realizó, al punto que tengo pensado, cuando mi padre desista de atenderlo por falta de fuerzas, tumbar las cercas y devolver la parcela a la comunidad.

Pero retornando al presente, en estos tiempos difíciles que corren, mi familia verdaderamente se ahorra unos kilos gracias al esfuerzo del viejo Calzadilla en la finquita.

Otro asunto a considerar en esta trama es el tema del Respeto; gústeme o no en el barrio esta palabra tiene un significado fuerte, y si dejas que un hecho como el referido siga ocurriendo sin enfrentarlo, entonces el prestigio de la familia y sus miembros va decreciendo más y más, y las consecuencias pueden ser más graves que la simple pérdida de unas frutas.

Desconcentrado, sin saber qué hacer y sin ánimos ya de estudiar, me puse a bañar a Bruno mi perro, en el solar (todavía no ocupado) frente a mi edificio, para despejar.

Quiso la casualidad que en el camino me encontrara con el Loco y sus secuaces. El Loco vive muy cerca de casa, prácticamente lo vi nacer, crecer, y tomar paso a paso el camino al bandolerismo.

Hoy acumula en su grueso expediente policial atracos, fechorías, broncas a machete y largas estancias en la cárcel.  No es un amigo, pero tampoco un desconocido, y normalmente nos saludamos al pasar.

A menudo se hace acompañar por amigotes y perros de pelea enseñados a degollar.

Cuando me lo crucé estuve conciliatorio: “Oye Loco, ¿Qué tu tienes que estar cruzando la cerca para llevarte los mangos acere?   Tú sabes que si tú los pides a mi familia se te dan, ¿No ha sido así otras veces? Además, con la cantidad de matas que hay por toda la zona ¿Tienes que venir a atracar esta compadre?”

El Loco también estuvo esta vez de buena onda, no sé si para salir de mi o en serio lo convencí porque me dijo “Ta´ bien mi hermano no va pasar más”, y dejé el asunto ahí.

Pero no había terminado de bañar a Bruno cuando siento las matas moverse y los mangos caer.

Otro vecino, otro amigo de la infancia devenido filibustero, trepado estaba en los árboles y haciendo masacre.  “Fulano -le dije ¿qué bolá contigo acere?  Parece mentira que tú te pongas en esto consorte, si tú sabes que esto es el sacrificio de mi viejo acere. ¿te gustaría que yo hiciera lo mismo con lo que tiene tu padre?  Y esto es una mierda”, – le dije mientras recogía los mangos y como un demente los lanzaba con todas mi fuerzas en todas direcciones.

“Lo que me resinga que no uno de la calle sino tú te pongas en esta historia, además rompes toda la cerca.”  El muchacho bajó la cabeza y se fue sin decir palabra, y hasta a mí me dio pena, pero ya estaba yo encabronado y cualquier contesta podía terminar en una bronca.

Entonces me decidí a salir del asunto de una vez, y aprovechando que mi padre no estaba, pues creo que no hubiera aprobado lo que hice, junté un grupo de chiquillos y tumbé con ellos todas las frutas que quedaban en pie. Luego las repartí entre ellos, algunos vecinos y mi propia casa, así que por esta vez, creo que ya no habrá más problemas con los mangos.

Y fui a entretenerme con la bronca de Leibniz con Locke, que me parecía más divertida… bueno tampoco es la palabra adecuada cuando se trata de filósofos.



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Niños paseando por un caballo, La Habana.  Por Amanda Suarez (EUA).  Cámera: Samsung G9

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