El autoempleo en Cuba: ¿quién gana?

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Foto: Elio Delgado

Dmitri Prieto

Frecuentemente tomo la guagua en las cercanías del Hospital Naval, en La Habana del Este. Ese prestigioso centro médico fue construido antes de la Revolución para atender las necesidades de la Marina de Guerra.

Hoy es una gran clínica adscrita a las Fuerzas Armadas Revolucionarias, pero brinda servicios además a las comunidades adyacentes e incluso a territorios más lejanos, como las provincias de La Habana y Matanzas.

La extensión de esos servicios incrementa por supuesto las necesidades de transporte en la zona; de ahí que converjan allí numerosas rutas de ómnibus, y la gente va y viene – no sólo aquellos que acuden a resolver sus problemas de salud, sino también público en general.

Tanto los usuarios del hospital como sus acompañantes y el personal médico, al igual que toda esa población “flotante” de la zona, son personas que en el tiempo que esperan ya sea por el tratamiento o por el transporte, necesitan alimentarse.

Por eso, cuando en la década de los ´90 se autorizó el autoempleo, o como lo llaman en Cuba, el “trabajo por cuenta propia,” la acera frente al hospital se llenó de timbiriches, de todos los tamaños y colores que ofertaban variados alimentos: jugos de naranja, dulces, pizzas, bocaditos, sándwiches, café, refrescos, chicharritas, las tradicionales cajitas de comida criolla, etc.

Los dueños adaptaban containers abandonados para sus pequeños negocios. Había gran variedad para escoger; quienes debíamos pasar con frecuencia por la zona ya teníamos proveedores seguros a quienes acudir para liquidar nuestra hambre callejera acumulada.

Yo, por ejemplo, iba directo a los proveedores de jugo natural, quienes vendían el vaso al módico precio de 2 pesos cubanos. Así evitaba mitigar la sed con los llamados “refrescos instantáneos,” llenos de sustancias químicas dudosas.

Después todo cambió. Un día, alguien en el Estado decidió que las zonas aledañas a los hospitales no son lugar adecuado para las pequeñas empresas, y los negociantes-cocineros recibieron un ultimátum para que abandonaran el territorio, y si no lo hacían sus establecimientos iban a ser desalojados.

Se prometió que se instalarían kioscos estatales con comida de calidad. Efectivamente, pusieron unos cuantos de esos, con cierta especialización: pan con puerco, refrescos, bocaditos; incluso, uno vendía comida en divisa, y otro, funcionaba 24 horas. Cuando estaban los privados, eran varios los que tenían ese status.

Instantáneamente desapareció el jugo natural y  se impuso el refresco… instantáneo. Permaneció así unos meses. Ya no era lo mismo que antes; era más de lo mismo de siempre, repetido N veces. Paulatinamente la diversidad fue decayendo, hasta quedar en unos 5-6 artículos estandarizados, casi siempre de baja calidad. Llegó el momento que era imposible tomar no sólo jugo, sino ningún líquido fresco en los alrededores del Hospital Naval.

Y hace varias semanas, vino el remate: también los kioscos especializados estatales desaparecieron, para dar lugar a un solo complejo-contenedor, conteniendo una oferta aún más limitada.

El autoempleo se re-introdujo en Cuba a principios de la década del ´90 (después de su supresión en la Ofensiva Revolucionaria de 1968, Cuba vivió medio siglo casi sin pequeños negocios); son fundamentalmente empresas de un solo miembro, o alternativamente de tipo familiar. El sector incluye las famosas paladares, así como laboratorios fotográficos (una de sus ramas más prósperas, por la costumbre de las quinceañeras y las bodas), los taxis-almendrones y bicitaxis, etc.

Todo este tiempo, los empresarios-autoempleados han estado a merced de decisiones administrativas, y no existe ningún sindicato u otra organización que los agrupe. Todo se mueve por redes informales, frente a las acciones a veces imprevistas de la autoridad.

La historia de los kioscos privados del Hospital Naval me indica claramente que cuando se “toman medidas” contra este efervescente sector de nuestra economía, no solo pierden los productores, sino también los consumidores, es decir, el pueblo. Entonces, ¿quién gana?



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Un hombre y su perro, La Habana. Por Charlie Lockwood (Reino Unido). Cámera: Canon:6D Mark II

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