Yo, enemigo del trabajo comunitario

Dmitri Prieto

Taxi colectivo en La Habana. Foto: Angel Yu

En Cuba no faltan personas que se sienten comprometidas con su comunidad de un modo muy especial.  Me refiero a aquellos que compran costosas instalaciones de audio y en días de fiesta (así como en otras fechas que se les ocurre que puede haber fiesta) ponen las bocinas hacia la calle, compartiendo los sonidos que para ellos son alegría con el resto del vecindario.  Casi siempre es música alta, a veces karaoke, y –siento decirlo- en la mayoría de los casos de géneros como el reguetón, que no son de mi preferencia.

Esa actitud ha sido elogiada y criticada en algunos medios, así como por la Vox Populi.  Pero, probablemente, las críticas son más que los elogios.

Frente a mi edificio hay otro edificio, y en uno de sus apartamentos más cercanos a mis ventanas vive un fan a las rancheras mexicanas.

De vez en cuando –sobre todo los fines de semana- oíamos las rancheras que salían de las bocinas montadas en el balcón de enfrente.  Y no sabíamos qué hacer.  Uno puede criticar en privado a un vecino demasiado “comunitario” en sus consumos musicales, pero cuando se sale a la calle la dinámica es algo distinta…

Mi mamá se enfermó por aquellos días.  No sabíamos que le quedaban unas pocas semanas de vida…  Y a mi padre también hubo que operarlo.

Una de esas noches de rancheras y dominó, estábamos solos mi madre y yo en la casa.  Por el volumen de la música, ni siquiera se lograban discernir los diálogos de una novela brasileña que mamá veía en la TV.

Tuve que tomar la iniciativa.

El dueño de los equipos “de trabajo comunitario” no estaba en casa; habían movido una mesa a la calle, y participaba, animado por sus rancheras, en un juego de dominó con algunos vecinos.

Pregunté: ¿Ud.  cree que mi mamá, que está enferma, pueda ver la TV esta noche?

Y -¡oh milagro de Dios!- el hombre comprendió perfectamente el asunto.  Subió al apartamento, y apagó la música.

Mi madre me felicitó esa noche por mis capacidades de diálogo social.  Yo mismo, en realidad, me asombré cuán cordial y pacífico logré ser con el vecino de enfrente.  Y él conmigo.

Lo más relevante es que desde esa noche no recuerdo ni un solo momento en que la música del vecino nos molestara… No dejó de oír rancheras (que por cierto no me disgustan, mientras no colonizan a la fuerza el espacio acústico de mi casa).   Pero ya no se siente obligado a compartirlas con la comunidad.

A veces, lo saludo con la mano de balcón a balcón, y puedo incluso sentir la sonrisa de mi mamá, allá arriba, en la lejanía.

Dimitri Prieto-Samsonov

Dmitri Prieto-Samsonov: Me defino por mi origen indistintamente como cubano-ruso o ruso-cubano. Nací en Moscú, en 1972, de madre rusa y padre cubano; viví en la URSS hasta los 13 años, aunque ya conocía Cuba, pues veníamos casi todos los años de vacaciones. Habito en un quinto piso de un edificio multifamiliar, en Santa Cruz del Norte, cerca del mar. Estudié Bioquímica, Derecho (ambas en La Habana) y Antropología (en Londres). He escrito sobre biología molecular, filosofía y anarquismo, aunque me gusta más leer que escribir. Imparto clases en la Universidad Agraria de La Habana. Creo en Dios y en la posibilidad de una sociedad donde seamos libres. Junto con otra gente, en eso estamos: deshaciendo muros y rutinas.


One thought on “Yo, enemigo del trabajo comunitario

  • el 7 enero, 2011 a las 7:35 pm
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    Carajo, esos son vecinos! Si yo pido que le bajen a “la gasolina, dale más gasolina”, corro el riesgo de que me amenacen con una 38, 45, y en el peor de los casos con “un cuerno de chivo”.

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