Mis recuerdos de los campos de trabajo de Cuba (II)

Dmitri Prieto

HAVANA TIMES, 13 ene — En los comentarios a mi post anterior sobre este tema, me recordaron que eso de mandar a estudiantes a trabajar en el campo no es precisamente un invento cubano; ya en la difunta URSS existía esa práctica. En verdad, creo que todos los países que se hacían llamar socialistas hicieron algo similar.

En Cuba, sin embargo, se invocaba el pensamiento de Marx y de Martí, así como las necesidades de la economía local para fundamentar las labores agrícolas del estudiantado.

Pero recién empezado el siglo XXI la revista católica Palabra Nueva (lamentablemente no recuerdo el número) publicó un profundo estudio sobre el tema de escuela-al-campo y escuela-en-el-campo, donde se demostraba que Martí de lo que habló es de que los niños de áreas campestres debían aprender las prácticas agrícolas conjuntamente con los saberes generales.

Nada habló sobre enviar al campo a muchachos y muchachas de ciudad.

Regresando al tema URSS, ciertamente, mis primeras experiencias agrícolas datan de cuando tenía como 9 años y estaba en un campamento de pioneros: nos llevaron precisamente a un campo de papa (según recuerdo, pero puedo equivocarme).

Las experiencias de “ir a la papa” (na kartoshku) les tocaron inclusive a notables científicos y otros intelectuales (ya adultos, incluso entrados en canas), y hay canciones sobre eso. Como que al trabajo intelectual le hacía falta un toque de tierra mojada y aire de aldea, camión y carretera por medio.

Por otra parte, el equivalente soviético real de las Brigadas Estudiantiles de Trabajo (BET) cubanas eran las Tropas Estudiantiles de Construcción (SSO, por sus siglas en ruso).

Pero éstas eran a las BET como la Siberia a la Isla de Pinos: efectivamente, durante el “semestre laboral de verano” se iba a la Siberia y a otros lugares más lejanos (¿puede haber algo más lejano que la Siberia?) a construir parques industriales y ciudades nuevas, carreteras y ferrocarriles, a tumbar bosques.

Algunos cubanos que estudiaban allá también iban, en veranos que no les tocaba vacacionar en Cuba. Me han narrado sus vivencias: mucho romanticismo, fogatas y guitarras, vodka y trova rusa, chicas y chicos enamorándose, y por supuesto trabajo duro.

Pero el trabajo duro en las SSO se remuneraba muy bien. Los salarios siberianos eran muy superiores a los del centro del país, y los estudiantes aprovechaban el verano para levantar sus economías; algunos incluso ayudaban a los padres.

Mi ex-jefe de cuando yo era biotecnólogo me enseñaba orgulloso un equipo de radio chic que trajo de la URSS, comprado con su dinero de constructor veraniego. Los estudiantes suelen ser pobres en cualquier país, y construir un poco de industria para ganar un buen dinero venía muy bien a sus bolsillos.

En cambio, el salario de las BET cubanas se iba en semanas, casi en días. Pero también era algo.

Para mí, sin embargo, lo más importante de esas congregaciones estivales era el poder compartir con gente a quienes uno quería mucho, y hacer nuevas amistades.

Personas como yo solíamos ignorar los bailes y la tv (que era la recreación que nos tocaba “por plantilla”), y tardes, noches y madrugadas nos poníamos a conversar sobre todo tema posible – los políticos predominaban, por supuesto, también los filosóficos – a discutir, o a leer libros e intercambiar opiniones sobre ellos.

Allí conocí a Umberto Eco y a Herman Hesse, a los etruscos y los yoruba, y mucho más. No era la forma fría de leerse un libro, sino más bien se implicaba uno en compartir lo que leía.

Allí escuchamos los primeros cuentos de Orlando Luis Pardo, y nos pusimos al tanto de la actualidad científica con el ya profesor Reiner Veitía. Y la forma de ser sincero en esos tiempos creo que no la olvidaré nunca.

Por eso, ya graduado y laborando como biólogo molecular, recuerdo que durante mi primer verano de vacaciones como trabajador un amigo me propuso medio en broma irnos al campo con los estudiantes de nuestra facultad.

Ya no era posible: no puede uno bañarse dos veces en el mismo río. Y ahora ya no será posible jamás, o al menos por mucho tiempo, hasta el próximo giro de la rueda de la historia.

Dimitri Prieto-Samsonov

Dmitri Prieto-Samsonov: Me defino por mi origen indistintamente como cubano-ruso o ruso-cubano. Nací en Moscú, en 1972, de madre rusa y padre cubano; viví en la URSS hasta los 13 años, aunque ya conocía Cuba, pues veníamos casi todos los años de vacaciones. Habito en un quinto piso de un edificio multifamiliar, en Santa Cruz del Norte, cerca del mar. Estudié Bioquímica, Derecho (ambas en La Habana) y Antropología (en Londres). He escrito sobre biología molecular, filosofía y anarquismo, aunque me gusta más leer que escribir. Imparto clases en la Universidad Agraria de La Habana. Creo en Dios y en la posibilidad de una sociedad donde seamos libres. Junto con otra gente, en eso estamos: deshaciendo muros y rutinas.


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