De Rusia me viene el activismo (II)

Dmitri Prieto

Foto de la naturleza cubana por Caridad

Pues cuando en abril llegaba la primavera a Moscú, salían de sus escondites toda clase de bichos. Y sistemáticamente las muchachas (aún no entiendo por qué específicamente las muchachas) se dedicaban a cazar las llamadas cotorritas o cochinillas (Coccinella septempunctata en latín, cuyo nombre vulgar en ruso por alguna razón que ignoro significa nada menos que “vaquita de Dios”).

Para que éstas no salieran volando, les arrancaban las alas suaves y transparentes. Las alas que estos pequeños escarabajos utilizan para moverse por el aire y -cuando no están volando- llevan debajo de sus alas duras, de color rojizo. Al parecer, no había ningún problema ético al arrancarle una parte del cuerpo a un ser vivo por pura cuestión estética. Aunque se tratara de un insecto… Estetización de la política, diría Walter Benjamin.

Alguien diría:

“Todos los niños maltratan a los animales.”

Pero una mujer sabia me había dicho:

“A lo mejor, no todo maltratador de animales cuando crezca se convertirá en fascista. Pero todo fascista en su infancia fue un maltratador de animales.”

Y esa tesis yo me tomé muy en serio. Máxime que estábamos recibiendo una nueva asignatura, “Vida política de mi Patria.” En ella se explicaban las organizaciones políticas y masivas, la solidaridad, y los rasgos del socialismo. Socialismo que por supuesto no tenía nada que ver con el fascismo.

Mi mejor amigo de aquellos días era Osiel Altunaga Aguirre. Osiel era un mulato habanero amante de los libros de aventuras que hablaba un ruso perfecto, y que además era nieto del Embajador (Severo Aquirre del Cristo, antiguo líder comunista, después Presidente del Parlamento Cubano, hoy ya fallecido). Ese status por cierto no le reportaba ningún privilegio social ni docente. Osiel y yo comenzamos a divulgar nuestro compromiso ecologista, utilizando múltiples argumentos.

Esos argumentos oscilaban desde la necesidad de conservar el equilibrio ecológico (“en la naturaleza todo está relacionado, si Uds. le siguen arrancando las alas a las cotorritas los insectos que éstos se comen devorarán todos los árboles, la fotosíntesis llegará a su fin, la atmósfera del planeta se llenará de humo y CO2, no tendremos nada que respirar y moriremos”) hasta la estabilidad política de la revolución (“ser maltratador con los animales es fascismo, y si Uds. siguen así Cuba se va a volver capitalista”).

Pero las chicas no nos hacían caso (¿será que no entendían bien nuestros argumentos sobre el fascismo y el CO2?).

Entonces, con otros chicos más (entre los cuales había un par de mexicanos y un panameño-nicaragüense, pues la Escuela Cubana en Moscú era verdaderamente internacional), pusimos manos a la obra, y nos organizamos.

Inventamos la Unión de Defensores de la Naturaleza (UDN). Era una especie de liga ecologista paralela a la Organización de Pioneros de los que todos formábamos parte. Nos dijimos que la UDN era una organización política (pues, como habíamos aprendido en las clases de la “Vida política de mi Patria,” son políticas aquellas organizaciones en las cuales no puede entrar cualquiera, sino sólo personas que se comprometen completamente con un ideal).

Diseñamos una bandera con tres colores representando los tres reinos de la naturaleza, un sol amarillo en el medio y una N por “Naturaleza.” La N era negra por luto, como en la bandera del Movimiento 26 de Julio, pero sus orígenes más cercanos estaban en la bandera de combate del Capitán Nemo. Después del triunfo de nuestra “revolución” suponíamos que la N definitivamente sería blanca.

Seguimos con nuestra labor de AGITPROP (agitación y propaganda) entre las muchachas. Armábamos un revuelo cada vez que estas maltrataban un insecto. Una vez una maestra me preguntó en qué andábamos. Sin meterme mucho en lo de la “organización política,” le solté la explicación de las cotorritas, el “filtro verde” de las plantas y el CO2, y para finalizar apuntalé: “¡cuidar la naturaleza es cuidar la Patria!.”

Nunca entendimos por qué la Dirección de la Escuela con una rapidez tan fulminante tomó la decisión de prohibir estrictamente que los estudiantes cazaran cotorritas. Decisión que además fue anunciada en aulas y en una reunión de padres. Sí que nos pusimos contentos. Aunque nunca llegamos a izar una bandera con la N blanca. Fue demasiado fácil; ¡faltaba algo para que aquello fuera una revolución!

Ese verano la escuela cubana en Moscú cerró por unos años. El embajador Severo había terminado su misión, y al nuevo parece que no le dieron presupuesto para la escuela. Me separé de mis amigos “ecologistas,” pero siempre recordaré que en Rusia habíamos aprendido cómo el solo hecho de organizarse puede ser decisivo para el triunfo de una causa justa.

Dimitri Prieto-Samsonov

Dmitri Prieto-Samsonov: Me defino por mi origen indistintamente como cubano-ruso o ruso-cubano. Nací en Moscú, en 1972, de madre rusa y padre cubano; viví en la URSS hasta los 13 años, aunque ya conocía Cuba, pues veníamos casi todos los años de vacaciones. Habito en un quinto piso de un edificio multifamiliar, en Santa Cruz del Norte, cerca del mar. Estudié Bioquímica, Derecho (ambas en La Habana) y Antropología (en Londres). He escrito sobre biología molecular, filosofía y anarquismo, aunque me gusta más leer que escribir. Imparto clases en la Universidad Agraria de La Habana. Creo en Dios y en la posibilidad de una sociedad donde seamos libres. Junto con otra gente, en eso estamos: deshaciendo muros y rutinas.

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