10 años de una buena iniciativa

Dmitri Prieto

Cada día se critican más algunas de las medidas que tomó la dirección política del país durante el periodo que se llamó “Batalla de Ideas.”

El giro propagandístico, acompañado de grandes gastos en algunos programas controversiales, como el de los “trabajadores sociales” o de los “profesores generales integrales,” la cuestionable sustitución de la labor del maestro de escuela por las tele-clases, son sólo algunos de los puntos que impugnan los críticos.

Sin embargo, este año se conmemora el aniversario 10 de una iniciativa de aquel periodo que considero vital para la cultura cubana.  Se trata de la creación de las editoriales provinciales.

En cada provincia, se instaló una pequeña imprenta con tecnología Risograph, que permite la impresión de libros por medios propios.  Se crearon consejos editoriales en los municipios –formados por especialistas que laboraban voluntariamente-; yo mismo fui miembro del de mi territorio.

Sin trabas burocráticas, todo tipo de autores traían sus manuscritos a nuestro consejo, y varias veces al año nos reuníamos para decidir cuáles tenían calidad para ser remitidos a la editorial.  Los expertos de la editorial a su vez valoraban las obras, y con buen viento en un año aparecía el libro.

Logramos rescatar del olvido los textos de unos cuantos poetas ya muertos, que hoy están editados en antologías, y también dar la oportunidad a jóvenes escritores a publicar su primer libro.  Tener un libro impreso dejó de ser un privilegio accesible sólo para las personas cuyo talento, relaciones y medios les permitían poner una obra en el circuito nacional.

Las librerías cubanas se llenaron de muestras de creación local, con sellos editoriales de nombres románticos tales como “Luminaria” (Sancti Spiritus) “Unicornio” (Provincia La Habana) o “Extramuros” (de la capital del país).  Cada editorial además de libros edita una revista cultural provincial.

Hoy, en principio, es mucho más fácil publicar, ya que antes sólo se convertían en escritores “visibles” aquellos que lograban algún importante premio.  En cierto sentido, se vino a romper el acostumbrado habanocentrismo que tantos años perjudicó a la literatura cubana.

Es tremendamente estimulante ver a los autores recibir los primeros ejemplares de sus obras ya hechas libros, y a sus amigos y vecinos hacer colas para adquirir los textos.  La promoción de la cultura literaria a nivel local se ha convertido en un espacio donde participan los autores de la propia comunidad.

Pero creo que aún más que a los poetas y narradores la iniciativa favoreció a los investigadores y ensayistas.  Siempre busco con interés las novedades de las editoriales territoriales, pues suelen encontrarse obras muy interesantes que abordan temas y defienden conceptos distintos de los que publican las grandes casas nacionales.

Ha sido éste un medio privilegiado para dar a conocer las historias locales, que antes no encontraban espacio en la historiografía nacional “pública.” Muchos autores hacen valer un estilo original en sus investigaciones, no desprovisto por lo general de emociones y afectividad.  Tales son, por ejemplo, los caracteres del libro “Hershey,” de Amarilis Ribot, que narra la historia de un batey azucarero muy singular, considerado por la autora “el último pueblo modelo” de Cuba (HT ya publicó un texto sobre ese único poblado cubano).

Incluso, por primera vez aparecieron publicados por editoriales estatales libros sobre espiritismo, sobre psicoanálisis o sobre ciertos tipos de religiosidad poco conocidos.

Creo que ha sido una obra que debe mantenerse.  Quisiera ver en un futuro formadas en las provincias cooperativas de amigos del libro para rectorear las librerías, que en parte podrían encargarse el sistema editorial territorial.  Los autores podríamos pertenecer a ellas también con un estatuto especial, creando así una red horizontal de publicaciones de acuerdo con los intereses de cada territorio.  Una organización nacional podría encargarse de movilizar los fondos necesarios para la continuidad del trabajo y además de la distribución de los libros a nivel de  país.

Dimitri Prieto-Samsonov

Dmitri Prieto-Samsonov: Me defino por mi origen indistintamente como cubano-ruso o ruso-cubano. Nací en Moscú, en 1972, de madre rusa y padre cubano; viví en la URSS hasta los 13 años, aunque ya conocía Cuba, pues veníamos casi todos los años de vacaciones. Habito en un quinto piso de un edificio multifamiliar, en Santa Cruz del Norte, cerca del mar. Estudié Bioquímica, Derecho (ambas en La Habana) y Antropología (en Londres). He escrito sobre biología molecular, filosofía y anarquismo, aunque me gusta más leer que escribir. Imparto clases en la Universidad Agraria de La Habana. Creo en Dios y en la posibilidad de una sociedad donde seamos libres. Junto con otra gente, en eso estamos: deshaciendo muros y rutinas.


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