Le tengo miedo al tren

Daisy Valera

Via del tren. Foto: Caridad

Problemas familiares hacen que tenga que ir hasta mi provincia en los próximos días, y la única opción que me queda es viajar  en tren.

Muchos dirían -está bien, no hay ningún problema en eso- y yo le respondería que están totalmente equivocados.

Solo la idea de tener que montar en el tren es para mí casi una pesadilla.

Pesadilla que no comienza cuando estás sentado ya en el vagón en movimiento, sino mucho antes, cuando tienes que proveerte un pasaje.

Primero tienes que averiguar que día sale el “espirituano” (tren que llega hasta Sancti Spíritus), entonces vas el día antes y te apuntas en una lista de espera, para la que puede haber una cola nada despreciable.

Te entregan un pequeño papalito en el que dice el número que hiciste en la lista, y la hora en que tienes que regresar a ver si puedes comprar el pasaje: 4 de la tarde del día siguiente.

El día que sale el tren llegas muy dispuesto a la terminal a las 4 de la tarde, pero nadie piense que es para comparar el boleto, ¡No!, todo sería demasiado sencillo de ser así.

Llegas a las 4 y tienes  generalmente  que esperar casi hasta las cinco para hacer, nada más y nada menos, que otra cola.

En esta ya te entregan otro papelito que dice el número del tren y el vagón.

Pero para finalmente para conseguir el pasaje, es necesario un último esfuerzo, pasar por otra cola.

Muchas personas se quejan de que el  proceso para comprar el boleto es agobiante, pero nadie los escucha, así que cada vez que quieren viajar tienen que tolerar  la letanía inacabable de los papelitos.

Con mi pasaje en mano llego a las 9 de la noche a la terminal, el tren sale a las 9 y 40 y tengo que hacer otra cola para que acuñen mi boleto.

Me monto en el tren, entro al compartimento y a oscuras, porque casi siempre hay muy poca luz, acomodo el equipaje.

Me esperan entonces 10 horas de viaje, con suerte, el tren tiene una famosa tradición de romperse en cualquier sitio y estar mínimo dos horas detenido.

Las diez horas me parecen excesivas para recorrer los 356 Km que separan La Habana de mi provincia natal.

Trato de no pensar en las cucarachas que recorren las paredes y que se me podrían meter en el pelo, por suerte son pequeñas.

Trato de no pensar que tengo muy poco espacio para sentarme y que me dolerá la cervical por la incomodidad de los asientos.

En el tren se pasa frío o calor, depende de la época del año, dentro del vagón siempre se renuncia a una temperatura normal.

Yo le tengo miedo al tren, a toda la dificultad para conseguir el pasaje y a las horas de viaje que me hacen sentir claustrofobia.

Pero no tengo elección, el precio de un ómnibus son 75 pesos, una cifra considerable, el del tren solo 13.

Esta es la opción para que viajen los que tienen menos nivel adquisitivo en la isla.

Daisy Valera

Daisy Valera: Edafóloga y Blogger. Escribo desde la Ciudad de México, donde La Habana a veces se hace tan pequeña que llega a desaparecer; pero en otras, la capital cubana es una ciudad tan pasado y presente que te roba la respiración.


2 thoughts on “Le tengo miedo al tren

  • el 30 noviembre, 2010 a las 4:24 pm
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    Si jorge, se ve que naciste en cuna de oro y que tienes un buen trabajo en la habana, es de enfoque idealista pensar que las provincias estan atrasadas porque los graduados no quieren volver, mira el estado ha centralizado todas las inversiones y el desarrollo cultural en la capital “DE TODOS LOS CUBANOS”, recuerda que tambien los cuadros que empiezan su carrera en el Oriente terminan aca, solo para pensar un poco.

  • el 25 noviembre, 2010 a las 10:05 pm
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    Esa es la vida del inmigrante, decidiste quedarte aqui, pues asi es. Por que mejor no regresar a tu provincia y la desarrollas en el ambito del que estudiaste? Despues somos de los hablamos que las provincias estan atrazadas.

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