La niña que vive en la casa trap

Por Ben Anson

HAVANA TIMES – Una “casa trap” es algo así como una especie de término que ha sido inventado por la generación del milenio, y que simplemente se refiere a un lugar donde arriban y se venden narcóticos de manera ilegal.

Dicha actividad delictiva podría ocurrir en una sola habitación tipo estudio, un apartamento o incluso una casa. Un traficante de drogas puede residir en una casa trampa o simplemente usar el espacio para realizar sus negocios, ya que los adictos visitan día a día, a todas horas.

El género musical trap es cada día más popular y proviene de la vida en la calle; los artistas del trap muestran el tráfico de drogas, la actividad de las pandillas, la pobreza y todo lo que viene con tal existencia.

Mi mejor amigo, Padilla, casualmente vive al lado de una casa trampa, aquí en El Progreso, Honduras.

Debo aclarar que no es un escenario para nada peligroso.

Sus finanzas (un salario promedio en Honduras es más bien “deseado”) no le permite acceder a un mejor vecindario.

Anderson (el traficante de drogas que vive al lado de mi amigo, Padilla), reside en una habitación individual horrorosamente pobre, con su pequeño baño adjunto; duerme en un par de colchones con su novia y su pequeña hija. Una niña de no más de tres años de edad. Anderson, es un hombre flaco, de piel oscura y ojos pequeños y brillantes; viste camisas negras y jeans holgados, una cadena barata e imitaciones de zapatillas Nike bien amarradas.

“Mantengo a estas hijos de puta bien atadas en caso de que llegue la policía y tenga que subir al techo y correr”, así me dijo un día el audaz joven Anderson, durante una visita que le hice a mi amigo.

Anderson y su gente me conocen bien. No es todos los días o en realidad nunca para el caso, que un hombre blanco, alto y joven, procedente de Inglaterra, entra en su barrio. Ya fui examinado hace mucho tiempo.

“Eres el gringo amigo de Padilla, ¿verdad?”

“Sí, jefe, así es como es”.

“¿Sabes lo que pasa aquí?”

“Sí, lo sé…”

“Blanquito, no hables de eso y entonces todos seremos amigos”.

“Así será.”

Así fue la primera conversación entre Anderson y yo.

Conocí la casa trap en agosto del año pasado. Incluso pasé mucho tiempo viviendo con mi amigo. Nuestros vecinos “atrapadores” están afiliados a la infame pandilla callejera MS-13. Sin embargo, nunca pasó nada malo. Estos son hombres jóvenes hambrientos y pobres con poca o ninguna educación formal que solo hacen lo que tienen que hacer.

“No quiero traficar, pero mi estómago me obliga”.

Así fue como me lo explicó uno de los socios de Anderson una noche lejana mientras compartíamos un cigarrillo.

Al visitar a mi amigo, un acto semiilegal que admito debido al encierro por el coronavirus, me sorprendió tropezar con una mujer de no más de veinticinco años, quien vivía en la casa trap con una niña regordeta.

“Hermano, ¿qué está haciendo esa niña allí?” Le pregunté a mi amigo, de inmediato.

“Consiguiendo un jodido comienzo en la vida …”, fue su respuesta.

Ciertamente.

Ella juega entre la cocaína y la mariguana de su madre drogada y el padrastro en el que se ha convertido Anderson para ella. Ella es testigo de innumerables personas sombrías que llegan y le preguntan si “el niño grande está ahí”. Ella mira con asombro las pistolas, revólveres que los miembros de la cuadrilla de Anderson lucen en sus cinturas. La niña, descalza, de cara regordeta, con sus pequeños shorts color azul y un chaleco multicolor encima de ella, mira hacia arriba, con los ojos bien abiertos y responde con un “sí” o un “no”.

“¿Hay algún producto?” Ese se ha convertido en el código en cuestión cuando los clientes llegan a la imponente puerta negra, que se mantiene cerrada y atrancada a un ritmo constante en caso de que lleguen invitados “desagradables”. Anderson o su novia aparecen detrás de su puerta de madera maltratada y responden “sí, hay” o “no, no hay”.

La niña ahora se ha dado cuenta de esto.

Su madre se ríe entre dientes mientras la pequeña camina hacia la puerta antes de cantar “sí, hay” o “no, no hay”.

“No me jodan”, dije, viendo cómo ocurría eso.

Anderson, no conoce nada mejor. Su novia tampoco conoce nada mejor. En veinte años, si aún está viva, la pequeña niña (entonces crecida y perdida) tampoco conocerá nada mejor.

Así son estos escenarios, y así como tal son aquellos que crecen y habitan tales escenarios.

Individuos, nacidos dentro del vicio y el crimen, que simplemente no conocen nada mejor.

Me rompe el corazón ver a esta pequeña niña.

Ben Anson

"En el momento en que salgo (de un avión), noto que todo en mi cuerpo y en mi mente se reajusta para mí". Así lo comentó Gabriel García Márquez, cuando hablaba de su relación con el Caribe. Él sintió la conexión física y mental más fuerte posible con esta parte del mundo, y consideró que era "sepulcral" e inmensamente "peligroso" para él abandonar esa zona. Solo aquí "Gabo" se sintió "bien" con él mismo. Honduras hace eso conmigo -precisamente lo mismo que el Caribe hizo por Márquez. Una nación resplandeciente, pero problemática, de la que decididamente no he podido separarme desde 2014. Por lo tanto, trato de capturar su esencia a través de la palabra escrita.


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