La locura y la belleza de la vida en Honduras (II)

Por Ben Anson

HAVANA TIMES – Entré con Edward en un restaurante encantador situado a lo largo del famoso paseo marítimo conocido localmente como “El Paseo”. El ambiente era resplandecientemente tropical. El restaurante estaba muy concurrido: familias, parejas, personas de todas las etnias, desde ancianos canadienses hasta garífunas locales. Estábamos en lo alto del segundo piso con el mar azul brillante más allá, los pelícanos volando por encima, la luz del sol, el calor, la música latina. Me senté al lado de mi buen amigo y me dediqué a observar a la gente.

Me quedaba poco dinero, al igual que a Edward, sin embargo, después de todas las pruebas de este horriblemente arduo, largo y jodido 2022, él pidió una sopa marinera y yo, un gran conjunto de costillas a la barbacoa. Esperamos la comida y a cada rato nos reíamos de algo, observando la escena y sonriendo a una niña garífuna. Ella tenía esas lindas cuentecitas en sus trenzas y estaba obesionada con las palomas que revoloteaban por los tejados detrás de nosotros. Las señalaba, su rostro diminuto y brillante, sus ojos iluminados y sus dientes blancos como la nieve cuando sonreía.

“Mira esas palomas”, le dije.

Ella murmuró algo de respuesta. Dudo que tenga más de dos años.

La abuela con cara de sapo disgustado me miró con el ceño fruncido mientras que sonreía amablemente a una anciana canadiense que también interactuaba con la niña desde otra mesa.

Parece que no le gustan los chicos blancos a esa abuela, susurró mi amigo.

Respondí con un gesto en la cara que podría leerse como: ¡que se joda! o ¿a quién le importa?

Había abundancia de mujeres costeñas de gran belleza en el establecimiento. No podía evitar admirarlas desde la distancia. Una mestiza alta, elegante, se había fijado en mí hacía un rato, yo le devolví la mirada. Había otra chica, sentada con un hombre mayor que se había colocado muy próximo a ella y la hacía reir.

No podía evitar repetir una y otra vez a Edward: Dios, ¡qué linda esa cara!

Dios, ¡qué cara tan linda!

Debo haberlo dicho unas cinco veces, antes, durante y después de aquellas costillas a la barbacoa, que estaban deliciosas, como la sopa de mi amigo. Estuvimos allí sentados, alabando constantemente los sabores, cayendo en lo que se conoce como “coma alimenticio”.

“Si vuelves a decir eso una vez más, voy a hacer que vayas y le propongas matrimonio, mi hermano”, se burló Edward.

“¿Matrimonio…con qué dinero?”

“Tendrás que competir con ese tipo que está sentado al lado de ella.”

“Voy a tener que robar un banco un día de estos…”

“Ya tendrás otro trabajo, bro. Entonces vendremos y arrendaremos un apartamento aquí y lo compartiremos como hemos planeado”, respondió.

Echamos un vistazo a los apartamentos de alquiler en Facebook Marketplace.

La música empezó a sonar.

Que hay habladuría,

Si por amarte hice brujería,

Que te robé el alma y que no es mía,

Que te devuelvan la razón,

Quién pensaría que se te fuera quién más quería,

No fue tu culpa ni es culpa mía,

Solo cuidé de tu corazón,

No es brujería”…

Fue una buena manera de pasar la tarde. Olvidé todos mis problemas relajándome en esa escena caribeña, redescubriendo y reviviendo, a pesar de ser temporalmente, un gran amor y afinidad por la costa hondureña.

Y después de par de días, todo había terminado.

Se nos había pasado la borrachera y habíamos vuelto a la realidad. Edward tenía que manejar al otro extremo del país y yo tenía que retornar a la ciudad de San Pedro Sula donde una familia de amigos me acogería por un tiempo, mientras buscaba un trabajo, preferiblemente online. Escribo esto desde aquí, mientras estoy en eso.

El largo y agotador viaje a San Pedro fue a la vez problemático y deprimente, ya que el sol se convirtió en una tremenda lluvia. Edward manejó estresado, su cuñado y la mayoría de sus otros colegas lo llamaban sin cesar, molestándolo por esto o por aquello. Necesitaba alquilar una camioneta para el proyecto y nadie quería rentarle una. Entonces pensé: puede que tenga un buen carro, pero esto no es ni remotamente agradable. Estaría demasiado estresado con todas esas llamadas mientras intento conducir por las peligrosas carreteras de la costa.

“Bro, al carajo todo esto…,” me espetó en algún momento, mientras nos paraban en otro punto de control, donde los policías hacen de todo por sacarte dinero.

Su cuñado lo molestaba constantemente, diciéndole que llegara al punto de reunión lo más pronto posible, del que estaba a unas seis horas de distancia.

“Este tipo cree que mi carro tiene alas, ¡maldita sea!”

Yo estaba estresado también, tratando de no demostrarlo. Todo lo que deseo es un trabajo de redactor o editor online y poder rentar un apartamento con mis amigos, me decía. Cualquiera pensaría que estoy pidiendo convertirme en actor de Hollywood o presidente de Estados Unidos de la noche a la mañana. Hasta ahora no he tenido ningún éxito. De hecho, probablemente tuviera más chance encontrando ese tipo de trabajo si mirara en uno de los pozos que mi amigo y su equipo construyen y solo esperara que esa magia flotara hacia mí, que en esos sitios falsos de empleo, donde desafortunadamente te hacen perder tiempo o nunca te llaman.

Los dos estábamos tensos y agitados, nada que ver a como habíamos estado la tarde antes en el restaurante. Los buenos tiempos no duran mucho.

Recordé un momento cuando yo vivía en Cataluña y una abuela de otra familia de amigos que tenía, estaba jugando con la nieta antes de romper en lágrimas por la muerte de su esposo. Se recompuso aquella estoica señora y me dijo con su acento catalán: un minuto estás bailando y al siguiente estás llorando. Esa es la vida, mijo.

Al llegar a San Pedro, la ciudad estaba atestada de tráfico. Había mucho flujo de migrantes venezolanos, se movían entre los carros ondeando banderas que permitían identificar su procedencia, pidiendo una pequeña cantidad de dinero para continuar su viaje hacia los Estados Unidos. Uno se acercó a nuestra ventanilla. Me miró fijo a la cara, un hombre de unos treinta años, de piel clara. Fue tan educado y a la vez lucía agotado, jodido y desgastado. Confieso que tuve que contener las lágrimas que esos pobres venezolanos provocaron en mí.

“Al carajo ese Dios”.

“Vamos, Ben, no hables así”, murmuró Edward.

“Que se joda. Él solo está sentado allá arriba, mira, juzga y nos condena al sufrimiento”.

Tengo que confesarles, queridos lectores, que cada día que pasa pierdo más y más interés en los dos, en Dios y en el Diablo. No deseo tener que ver con ninguno de los dos, son el mismo bastardo.

Y aquí estoy, intentando ser parte del universo, mezclándome con mis semejantes: hombre, mujer, niño, animales y la madre naturaleza. Entiendo que lo que ofrezca será lo que regrese a mí. Todos sufrimos, nada cuesta ni vale más que la paz y la tranquilidad. Todo lo que podemos hacer es esperar y trabajar por tiempos mejores.

Envío una oración por mis hermanos y hermanas de Venezuela y espero que los Poderes Supremos velen por ellos. No Dios (el de la imagen cristiana), porque ¿qué diría él? “Todos ustedes son pecadores y es mi voluntad, que no se puede cuestionar”.

Me di cuenta cómo un simple almuerzo con uno de mis mejores amigos, en un lugar agradable, puede ser la única cosa que te hace seguir adelante. No hay carro ni mansión ni relojes caros ni ropa de marca ni oro ni joyas o riquezas materiales que se le acerquen. Las cosas sencillas…

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Ben Anson

"En el momento en que salgo (de un avión), noto que todo en mi cuerpo y en mi mente se reajusta para mí". Así lo comentó Gabriel García Márquez, cuando hablaba de su relación con el Caribe. Él sintió la conexión física y mental más fuerte posible con esta parte del mundo, y consideró que era "sepulcral" e inmensamente "peligroso" para él abandonar esa zona. Solo aquí "Gabo" se sintió "bien" con él mismo. Honduras hace eso conmigo -precisamente lo mismo que el Caribe hizo por Márquez. Una nación resplandeciente, pero problemática, de la que decididamente no he podido separarme desde 2014. Por lo tanto, trato de capturar su esencia a través de la palabra escrita.

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