Aversión al amarillo

Irina Echarry

Puesta de sol en Cojimar. Foto: Caridad

Desde niña amo los colores, todos, aunque el verde sobresalió de tal manera que aún hoy es mi preferido.  Sin embargo el amarillo ha ido marcando mi vida poco a poco, casi sin percatarme de su influencia.

En la escuela primaria debíamos dibujar mucho, todos los días. Lo primero que aprendí a pintar fue el sol, grande, redondo y amarillo. Un día no tenía a mano el color para rellenar el círculo que había hecho en el extremo izquierdo de la hoja, no tuve otra opción que comenzar a llorar hasta que la maestra se me acercó y me buscó el color.

“No debes llorar por esa bobería,” me dijo. Desde entonces dudo siempre que las lágrimas recorren mi cara. ¿Estaré llorando por un buen motivo? ¿Será una bobería? ¿Acaso el sol no es importante?

Amarillo-chícharo era el color de mi uniforme de Secundaria Básica cuando mi padre murió, luego de una corta e intensa enfermedad que guardaba en sus pulmones. Ese fue un buen motivo para llorar.

Durante años anduve buscando la respuesta a esa muerte, confundida por el sufrimiento en que se sumió mi padre.  Así lo creí hasta hace muy poco. Una tarde, de esas que se pintan amarillo-doradas, la naturaleza vino en mi ayuda.

Un pequeño hongo, en la cima de una montaña solitaria, me hizo sentir la ternura de mi padre.  Volví a Sentirla, no fue puro recuerdo.  Esa tarde supe que él no padecía, al contrario, estaba en paz.  Y una sensación de bienestar se instaló en mi cuerpo, en mi mente.  Quizá sea ese mi mejor encuentro con el amarillo.

En los años noventa una figura recorrió la isla para convertirse en símbolo de una época: los Amarillos.  El período especial marcaba la vida de todos los cubanos.  Los Amarillos eran inspectores del transporte urbano.  Su función: estar en las paradas de ómnibus para asegurar que los vehículos recogieran a alguna persona.

Después de unas horas bajo el sol, el señor con traje color mierda de mono (un amarillo raro) era casi un familiar. De él dependía el viaje. Nuestro viaje.

Amarillo también era el color del camello M-3 que paraba a un costado de mi edificio, lugar donde he visto las broncas más intensas.  Gente colgando por ventanillas y techos, maltratándose con palos, piedras o botellas picadas. Todos con el mismo objetivo: regresar a su casa luego de un día cerca del mar.

No puedo dejar de mencionar los pollitos (amarillos) que pasaron a formar parte de mi vida.  Eran años duros, la comida escaseaba y mi madre decidió criarlos en casa.

Pero la solución derivó en una especie de obsesión en mi persona por aquellas criaturas que, al no comer lo que debían, comenzaron a desfigurarse. Pasaba las horas frente al pollero intentando darles vitaminas o agua con limón para evitar el moquillo. Me desgastaba, me deprimía. No pude probar ni un bocado de ellos.

Amarillo es el P-11, ruta que hoy en dia me transporta hacia el centro de la Habana, unos días está peor y otros menos malo de coger.

Generalmente los sobres donde envuelvo los libros que escribo, para enviarlos a concursos, son amarillos. Sólo he ganado uno, aún no sé cómo. Los premios literarios están casi todos comprometidos antes de que la convocatoria salga a la población. De todas formas sigo intentando.

Todos los días espero alguna noticia agradable.

Nunca había pensado tan en serio la importancia que puede tener un color a la hora de recordar un sitio.  La ciudad de la Habana me parece una ciudad amarilla, las luces amarillo-naranjas de las calles y portales dan un tono oscuro a la iluminación nocturna.  Como si estuviera en penumbras.

Hace unos días caminaba por la Habana Vieja con ese calor agobiante, que embota los sentidos.

Mi cuerpo solo pedía agua. Recorrí varios establecimientos, todos los productos estaban calientes. Caminé durante una hora buscando algo frío.  Solo unas latas de jugo de mango lucían un aspecto refrescante.  Me dispuse a beberlo, el jugo amarillo, dulce y fresco parecía estar destinado a calmar mi sed.

Pero días después me sucedió lo mismo y una amiga vino en mi auxilio con otra lata de jugo de mango.  Estaba incómoda, cansada de pasar trabajo para resolver cualquier problema por sencillo que sea y le dije que ya el mango me aburría, que quería probar otros sabores, dejar de ver el mismo amarillo durante un tiempo. Tanta tropicalidad me abruma, me limita.

No pensaba escribir nada al respecto, eran solo imágenes que pasaron por mi mente.  Pero la escena se ha repetido varias veces.  ¿Acaso no es suficiente el calor?  También hay que beber solo lo que alguien disponga?  El amarillo no es un color tan feo, incluso se supone que sea alegre, aunque a estas alturas ya eso es bastante cuestionable.

No quiero que me deje de gustar el mango, el plátano o la naranja. Pero, sobre todo, tengo miedo de cansarme del sol.



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Estación Jordan, Ontario, Canadá. Por Joe Edwards (Canada). Camerá: teléfono móvil

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