Supresión, erosión, demolición: los autoritarismos contra las academias

Foto: opendemocracy.net

Sin una irrestricta libertad de prensa y reunión, sin una libre lucha de opiniones, la vida muere en toda institución pública, se torna una mera apariencia de vida, en la que solo queda la burocracia como elemento activo. -Rosa Luxemburgo

Por Armando Chaguaceda

HAVANA TIMES – Las universidades constituyen vehículos fundamentales para la cultura democrática. Devienen escuelas de ciudadanía, donde la gente aprende a convivir con ideas diferentes a las suyas y ejercita el pensamiento crítico. En sus aulas podemos, si se vive dentro de un orden democrático, constatar las mentiras del poder –sea este político, económico o pastoral– y forjar criterios alternativos.

Por ello, las universidades e institutos de investigación constituyen objetivos predilectos de quienes aspiran, con independencia de su ideología y legitimidad, a concentrar en pocas manos el poder de una nación.

Tres rutas principales se abren en la neutralización de pensadores y claustros insumisos al discurso oficial. Estas adquieren matices en distintos lugares, a la sazón de la política doméstica. Pero se replican, una y otra vez, en todos los rincones del orbe. A veces operan de forma pura, en otras ocasiones mezcladas.

La supresión irrumpe cuando procesos y grupos políticos radicales eliminan cualquier posibilidad de difundir pensamientos distintos al dominante. La toma estatal de universidades, unida a la abolición del derecho mismo a una educación autónoma del poder, son marcas supresivas del despotismo moderno.

En el último siglo, los regímenes autocráticos –comunistas, fascistas, dictaduras militares periféricas, entre otros– eliminaron siempre cualquier forma de educación rebelde al pensamiento único oficial. Una aniquilación fáctica, sustentada la mayoría de las veces por una legislación punitiva y una ideología totalizante.

El caso cubano, en el que el Partido Estado ha suprimido de facto y de jure desde hace seis décadas la autonomía universitaria y la libertad académica, es un ejemplo. Nicaragua y Venezuela, donde la deriva autocrática de lo que una vez fueron gobiernos populistas ha llevado al aislamiento extremo de las universidades y centros de educación superior independientes, se ubican en la frontera entre la ruta supresiva y el siguiente modelo, erosivo.

La erosión se revela, sinuosa pero dañina, en gobiernos populistas de disímil signo ideológico, coincidentes en sus tendencias incompletamente autoritarias. Es lo que han hecho Viktor Orban con el asedio obsesivo a la Universidad Europea en Budapest y Tayyip Erdogan con la destitución del rector de la Universidad Bogazici de Estambul.

Son agendas que se expanden con restricciones y destituciones adicionales a otros centros de investigación y enseñanza de Hungría y Turquía. Sin atreverse a eliminar de jure toda forma de enseñanza ajena a la estatal, la estrategia consiste aquí en arrinconar de facto a los críticos, orillándolos a la ruina financiera, el escarnio público y la pérdida de sus espacios de expresión.

Con la venia de empresarios leales y directores afines –por ideología o negocios– al poder tutelar, la ola erosiva va arruinando la libertad académica, amparada en una mentalidad hegemónica, que no busca imponer un pensamiento único, pero sí instalar una conformidad masiva.

El populismo tolera a universidades que forman tecnócratas y empresarios de la nueva élite, amén de profesiones útiles. Pero recela de que estas instituciones sean espacio para el disenso informado y acompañantes de la acción cívica.

La demolición es la forma menos reconocible pero acaso sea, por su naturaleza, la más perversa. No necesita el Estado ocupar el edificio de la facultad. Tampoco invadir con botas militares el campus universitario. Los demoledores, del mismo modo que operan sus pares de la ingeniería civil, destruyen desde dentro los cimientos mismos de la educación libre.

En el seno de sociedades abiertas, los demoledores son esos intelectuales caníbales que, con la imposición de narrativas mesiánicas y activismos histéricos, asesinan las condiciones mismas del pensamiento crítico y corroen la posibilidad de un debate informado, ajeno a dogmas seculares.

Ha sucedido en Latinoamérica, con intelectuales militantes aplaudiendo el arribo de gobiernos autoritarios que imponen una dominación sobre la educación superior de sus países. O en Estados Unidos, donde crece la dificultad para hacer un análisis crítico al enfoque de la (mal) llamada Justicia Social, sin ser acusado y aislado como vil reaccionario.

La libertad académica –amenaza hoy en todo el globo[1]– se entiende como el derecho irrestricto de los académicos a la libertad de enseñanza, opinión y discusión, en la realización de sus investigaciones y en la difusión y publicación de los resultados de estas.

Reúne varios requisitos y fenómenos concurrentes, tales como la libertad de investigación y enseñanza, la libertad de intercambio y difusión, la autonomía institucional, la integridad del campus, y la libertad de expresión académica y cultural, entre otros. Para defenderlas no hay que elegir, por ideología o grado de control, entre modos diferentes de censurar la libertad académica, sino sostener una denuncia común de sus efectos sobre los derechos humanos y la democracia.

Contra estas libertades se imponen las rutas de supresión, erosión y demolición que confluyen, en la cartografía social y global, con su amenaza a las libertades de enseñanza, expresión e investigación de las universidades contemporáneas. Libertades que, junto a los derechos a la organización, manifestación y participación cívicas constituyen las bases epistémicas, normativas y fácticas de nuestra convivencia democrática.

En países cómo México, donde se vive hoy el cruce perverso de agendas institucionales erosivas -como las que enfrenta la comunidad del Centro de Investigación y Docencia Económicas-, actitudes personales demoledoras -que justifican, desde el seno del gremio académico, las descalificaciones a las universidades públicas y sus investigadores- y horizontes políticos supresivos -con los rasgos crecientemente autoritarios del discurso oficial-, vale la pena comprenderlo. 

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*Publicado originalmente por la revista Letras Libres (Mexico).

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Armando Chaguaceda

Armando Chaguaceda: Mi currículo vitae me presenta como historiador y cientista político.....soy de una generación inclasificable, que recogió los logros, frustraciones y promesas de la Revolución Cubana...y que hoy resiste en la isla o se abre camino por mil sitios de este mundo, tratando de seguir siendo humanos sin morir en el intento.


2 thoughts on “Supresión, erosión, demolición: los autoritarismos contra las academias

  • el 5 diciembre, 2021 a las 8:50 am
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    En estos dias mucho se ha cuestionado que hay detras sobre los viajes de cubanos a Nicaragua, pero Mexico nunca ha estado cuestionado. Por que Mexico ha aceptado a EUA que los cubanos para poder pedir refugio tenga ir a la frontera Sur y permanecer en Mexico? Es que como si Italia en lugar de recibir los emigrantes por el mar Mediterraneo, les exigiera viajar a la frontera de Bielurusia y pedir refugio en Polonia. Recuerdo que la relacion de Mexico con el gobierno revolucionario es historica, es el unico pais que nunca rompio relaciones y el actual gobierno es aun mas complice de la dictadura cubana.
    Cubanos en México: el oscuro mundo de extorsiones y secuestros que enfrentan los migrantes de la isla en Ciudad Juárez
    https://www.bbc.com/mundo/noticias-america-latina-48999126

  • el 4 diciembre, 2021 a las 12:10 am
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    En el caso de las academias de derecho cubano yo propondria la eliminacion de la “presuncion de muerte” porque por costumbre, la norma ha caido en desuso.

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