Saber experto

Armando Chaguaceda

Foro organizado por la revista Nueva Sociedad.

Volver a Buenos Aires siempre es agradable, se trata de una hermosa ciudad, con una elegancia nada estridente y bellas construcciones de estilo neoclásico. Una urbe cuyo metro (Subte le llaman) que parece salido de un filme de 1915, excelentes librerías (con eruditos libreros que puede disertar sobre Ranciere o Zizek) y sitios donde tomar, al mejor estilo italiano, un café espresso como el que nos gusta a los cubanos. La movida porteña es, probablemente, la más agradable de las que he conocido, y esa opinión la comparten no pocos amigos del campo artístico e intelectual.

Hace unas semanas regresé a esta ciudad invitado al evento Gobernanza Económica Global: Los posibles roles de América Latina, que la revista Nueva Sociedad organizó con la participación de académicos, políticos y representantes del mundo sindical internacional.

En el foro se procuraba debatir si el grupo conocido como G20 habría reemplazado eficazmente al G8 como foro global para la coordinación de políticas económicas y si podría ser visto como la expresión de un nuevo balance global del poder resultante de la crisis financiera.

Además, considerar como su incidencia habría modificado (o no) la agenda mundial y las políticas resultantes de la coordinación de la política económica global, para incorporar las necesidades del Sur.

Los debates, que se extendieron por dos jornadas, fueron extensos e intensos. Algo que quedó claro en las discusiones fue que la agenda del G 20 parece haber estado dominada -aunque no limitada- por el objetivo de aumentar el poder y la influencia de algunos países emergentes en la gobernanza económica global y en las relaciones internacionales en general; por ejemplo, exigiendo cupo y voz en el FMI y en el Banco Mundial.

Además, que se habían podido distinguir dos fases principales del accionar del Grupo (y en especial de países líderes como China, India o Brasil) con orientaciones de política económica (y por ende sesgos ideológicos) diferenciados.

En un primer momento se trató de obtener más presencia de estas naciones, aplicar políticas de corte neokeynesiano y mecanismos de coordinación globales capaces de poner en su sitio la prepotencia e irresponsabilidad de actores como el Fondo Monetario Internacional.

Pero posteriormente, pasado lo peor de la crisis en 2009, la hegemonía del pensamiento y recetas neoliberales, abanderados por Bancos Centrales del Primer Mundo, volvieron a conducir la agenda ante unos “nuevos socios” más preocupados en lograr mejores cuotas de poder para sus economías.

Algo curioso que me sucedió fue el sostener un intenso debate cuando, con el apoyo de colegas sindicalistas, expresé la necesidad que la ciudadanía (en la figura de movimientos sociales y organizaciones civiles) y que asuntos como los derechos laborales o el medioambiente tuvieran una presencia sustantiva y no meramente decorativa y testimonial en los nuevos espacios de concertación económicos.

A esa demanda un destacado experto me respondió que no creía en tal cosa, que lo que se necesitaba eran buenos decisores que aplicaran políticas bien fundamentadas, lejanas a la ortodoxia neoliberal y que produjesen crecimiento y redistribución. Algo así como un elitismo “buena onda” keynesiano, que concibe la participación de la gente como algo podíamos olvidarnos como algo irrelevante.

Por supuesto que ello me espantó y enseguida comencé a enumerar experiencias en el seno de organizaciones como el Mercosur o el ALBA con diferente grado de madurez y autonomía. Allí las comunidades y colectivos sociales organizados pueden presentar demandas a los gobiernos y representar aquellos intereses alejados de las lógicas gubernamentales, para incluirlos en la formulación de políticas públicas.

Aunque falta mucho por avanzar -y casos como el de Cuba las organizaciones representadas en la instancia de Movimientos Sociales del ALBA representan posiciones demasiado ligadas (en retórica y agendas) a las del gobierno- creo que hay allí experiencias a considerar, para ver las posibilidades y distorsiones a una incidencia social en políticas de estados.

Si traigo a colación esta historia es porque cada día me parece más importante rescatar, junto al saber experto (que no puede desdeñarse peyorativamente como simple y nefasta tecnocracia) una visión de Economía Política y la posibilidad de la gente de incidir, en formatos bien pensados y nada simbólicos, en los procesos que afectan las economía y sociedades globales, nacionales y locales.

Experiencias organizativas, procedimientos legales y medios de comunicación existen y pueden ser utilizados en la celebración de referéndums o el establecimiento de consejos consultivos donde la gente tenga una voz más allá de los políticos profesionales.

¿O acaso la gente, aunque no sepa los detalles sobre tasas de interés, planes contracíclicos y otras exquisiteces de la economía, no es afectada con decisiones que se toman en las alturas y no tiene nada que decir y aportar para corregir rumbos que impactan sus vidas?

Se me podrá decir que es utopía, pero solo deseo recordar que hace apenas un siglo el derecho al voto de las mujeres era un sueño en la mayoría de nuestros países y hoy constituye una realidad incuestionable.

Frente a los expertos que quieren administrar nuestra felicidad, al igual que los mercaderes que desean privatizarla, solo podemos proponer la presencia, organizada y consciente, de la ciudadanía.

Armando Chaguaceda

Armando Chaguaceda: Mi currículo vitae me presenta como historiador y cientista político.....soy de una generación inclasificable, que recogió los logros, frustraciones y promesas de la Revolución Cubana...y que hoy resiste en la isla o se abre camino por mil sitios de este mundo, tratando de seguir siendo humanos sin morir en el intento.


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