Nuevos actores, viejas prácticas

Por Armando Chaguaceda

Foto: Juan Suárez

HAVANA TIMES – Que en Cuba han emergido en los últimos tiempos diversos reclamos, identidades y propuestas de eso que llamamos sociedad civil, no es un secreto. Activistas comunitarios, animalistas, LGBTI, antiracistas, ecologistas, feministas, comunicadores independientes y una larga lista se suman, en el espacio público y virtual, a los asediados defensores de Derechos Humanos y los miembros de las pocas ONGs reconocidas por el Gobierno.

Que tal cosa suceda es lógico: cada día, Cuba deviene una nación socialmente más diversa -y también más desigual-, más conectada -por la Internet y los viajes-; aunque también siga siendo un pueblo pobre regido por un sistema autoritario. Y es justo este último rasgo, el del impacto psicosocial y político del viejo autoritarismo sobre actitudes del nuevo activismo, el que vale la pena revisar.

La fragmentación inducida y la selectividad cívica son rasgos del modelo tradicional de ciudadanía socialista que sobreviven en este nuevo activismo. Bajo su influjo, uno se moviliza por su causa, en su pedazo de barrio y sociedad, pero no consigue ver ni ir más allá. Y ejerce -un poquito, un ratico- algo parecido a los derechos de expresión, organización y manifestación, siempre que no traspase las líneas rojas dibujadas por Papá Estado. Líneas que remiten a la imposibilidad de cuestionar el diseño y proceder del poder vigente. “No me junto con X, porque no es mi lucha”. “Si se suma Y, contamina la causa”. “No nos interesan los problemas de Z”.

Sería injusto reducir, analíticamente, el porqué de esas actitudes bajo el rótulo de la simulación y la complicidad. No hay que olvidar que los activismos nacen de causas sentidas y crecen con el aprendizaje personal. Que la memoria histórica de las identidades y luchas subalternas adquiere en Cuba un contenido discontinuo, irregular, lleno de silencios, inhilios y exilios.

Cuando un joven, formado dentro del sistema y, en algunos casos, en el seno de familias revolucionarias, descubre nuevas necesidades reivindicativas, el proceso de conversión al activismo puede ser arduo y doloroso. Que si el joven proviene de provincias menos conectadas con los cambios que ocurren en ciudades como La Habana, suele arrastrar un acervo múltiple de conservadurismo social: debe vencer barreras mentales, informativas y la doble influencia coacción/chantaje del Estado y la familia.

Sin embargo, cuando se ha crecido -en todo el significado etario y cultural del término- dentro de la sociedad y el activismo, aceptar la persistencia de ciertas actitudes puede ser más difícil. No por un rasero impuesto desde algún canon o coordenada exteriores, sino por su efecto sobre la propia causa que se acompaña, hay activismos que actúan de modo incoherente. En el sentido que da la Real Academia de la Lengua al término incoherencia: “Cosa que carece de la debida relación lógica con otra”.

Los ejemplos de tal proceder son visibles. Cuando se hace periodismo alternativo, pero no se registra nada de lo que esa misma condición implica para los colegas reprimidos. Al postular el antiracismo, sin asumir la defensa de los activistas negros encarcelados. Mientras se impulsa el feminismo, pero se ignoran las mujeres -normalmente negras, mestizas y de origen humilde- que languidecen en prisiones por su condición opositora.

Bajo otros contextos -no precisamente democráticos- causas similares han suscitado una solidaridad amplia y transversal, reuniendo voces diversas por la liberación de un periodista[1], un indígena [2] o una jueza[3] injustamente encarcelados. Pero en Cuba aún parece un asunto difícil dada la propia fragmentación y selectividad, replicadas y resilientes, de la sociedad civil. También por el efecto de la polarización extrema, alimentada por el discurso oficial, y replicada, de cierto modo, en algunos sectores de la oposición y exilio.

Tales actitudes incoherentes, más que obedecer a un patrón de subdesarrollo del activismo, remiten a una selectividad y fragmentación inducidas por el poder, porque invisibilizan la represión y envilecen la condición misma del activismo selectivo. Y lo vuelven simplemente inconexo con la causa que se quiere avanzar, con la injusticia que se declara combatir.

El término no es aquí un juicio moral, sino descriptivo, taxonómico. Se puede, desde ideologías distintas, tener visiones diferenciadas para comprender y enfrentar los problemas del mundo. Algunos activismos pueden, por su naturaleza, no confrontar el abuso del poder contra otros seres humanos. Ciertas movilizaciones animalistas, por ejemplo, se desarrollan autocentradas en reclamos contra el maltrato animal, aun cuando la mera existencia de esos grupos dependa también de la venia del Gobierno.

Pero esa excusa no es válida para otros activismos: cuando hay personas, políticamente reprimidas, cuya identidad y reclamo son afines a la causa social que yo elijo defender. Personas ante cuya suerte elijo el silencio. Insolidaridad que es, simplemente, una perversión del activismo. Roberto Quiñonez, Silverio Portal o Keilylli de la Mora son, ahora mismo, víctimas de actitudes similares, procedentes del nuevo activismo emergente. 

Que esto suceda no invalida los esfuerzos y resultados parciales que puedan exhibir esos activismos selectivos, en materia de educación pública y reivindicación puntual. Pero asumir tout court -por moda, conveniencia o sincera creencia- el ropaje del activismo puede quedar un poco grande. Tal vez se crea que el nivel de desarrollo cívico de la sociedad cubana y la intolerancia de su Estado solo permitan ese activismo acotado.

Si ese fuese el caso, sería bueno explicitarlo en lugar de acudir a justificaciones de otro tipo: que aquel abuso no lo supe, que no corresponde a mi lucha, que era manipulado por fuerzas oscuras. Sincerar las palabras es un primer acto de rebeldía -moral, cívica e intelectual- bajo un orden autocrático en el que todos debemos pedir permiso para existir. En el que todos estamos atravesados por nuestros dogmas, nuestros miedos y nuestra desmemoria. Vaclav Havel, cuando escribió El poder de los sin poder, enfrentó a la sociedad checa -y a si mismo- con sus miserias cotidianas, sin por ello dejar de creer y luchar por un cambio posible.

La experiencia de los últimos años nos revela que, pese a todo, en este terreno hay avances. Buena parte del mejor activismo criollo, en sus diversas dimensiones, tiene una procedencia social y territorial absolutamente subalterna.

Algunos espacios -el Movimiento San Isidro, Instituto de Artivismo Hanna Arendt, la Red Femenina, el Comité Ciudadanos por la Integración Racial- nuclean activismos que han aprendido a combinar los reclamos por la diversidad social y el pluralismo políticos, a legitimar las agendas por el reconocimiento de comunidades varias y la construcción de una ciudadanía integral. Es desde esa interseccionalidad de las luchas y transversalidad de las alianzas, desde donde podrá forjarse una sociedad civil más plena, articulada y poderosa en la Cuba del mañana.

[1] https://www.bbc.com/news/world-europe-48580217

[2] https://www.efe.com/efe/america/mexico/liberan-en-mexico-a-lider-indigena-y-activista-arturo-campos-detenido-2013/50000545-3467916

[3]https://www.bbc.com/mundo/noticias/2011/12/111221_carta_chomsky_liberacion_afiuni_chavez_jp.shtml

Armando Chaguaceda

Armando Chaguaceda: Mi currículo vitae me presenta como historiador y cientista político.....soy de una generación inclasificable, que recogió los logros, frustraciones y promesas de la Revolución Cubana...y que hoy resiste en la isla o se abre camino por mil sitios de este mundo, tratando de seguir siendo humanos sin morir en el intento.

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One thought on “Nuevos actores, viejas prácticas

  • Los nuevos tiempos llaman a nuevas formas de enfrentar la situación, hoy hay muchos medios de comunicación alternativo, el mismo Facebook, es la herramienta de los pobres, los que no le quieren dar voz, lo que viste o viviste lo publicas y en segundo es visto en el mundo,

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