La crisis en Nicaragua: militancias y silencios

La tiranía totalitaria no se edifica sobre las virtudes de los totalitarios, sino sobre las faltas de los demócratas. -Albert Camus

Por Armando Chaguaceda

Miguel Díaz Canel, Nicolás Maduro y Daniel Ortega

HAVANA TIMES – El Partido Comunista de Cuba -único legal y dirigente- publicó en mayo el documento Ideas, Conceptos y Directrices, resumen de su visión programática y estratégica. Allí declara explícitamente “su solidaridad con la Venezuela de Chávez y Maduro, así como con la Nicaragua sandinista; la lealtad en defensa de la soberanía y del derecho a la libre determinación de los pueblos”.  Caudillo, Pueblo, Nación y Estado, unidos en el canon autoritario. Solidaridad y colaboración coherentes, dentro de un ecosistema regional de gobiernos -y regímenes- con un proyecto político de referentes ideológicos comunes y rasgos políticos compartidos.

Hace una semana, el Foro de Sao Paulo -cobijo de buena parte de la izquierda latinoamericana- prolongó esa narrativa en su Comunicado en defensa de la soberanía de Nicaragua.

Este justifica la ola represiva en aquel país, alegando que “las personas involucradas son investigadas por crímenes contra la Patria, con base en una ley de octubre del 2020 aprobada por un Poder Legislativo legítimamente electo, que busca defender la soberanía del país contra los avances de fuerzas externas e imperialistas”. Para rematar señala “Apoyamos el Gobierno y el pueblo de Nicaragua en este momento de ataque contra su soberanía e independencia.”

Mientras eso sucedía, el Grupo de Puebla -presentado como espacio de renovación progresista regional- acumulaba tres declaraciones (10, 11 y 18 de junio) sobre la situación postelectoral en Perú. Pero ninguna respecto a la represión preelectoral nicaraguense.

Dirigentes, intelectuales y militantes de fuerzas que hacen vida allí han expresado, de forma puntual, su preocupación por la situación en Nicaragua. Pero parece que no ha habido la sintonía o urgencia de pronunciarse, de modo colectivo e institucional, por lo que sucede en el país centroamericano.

Simultáneamente, Argentina y México -actores protagónicos en dicho Grupo- emitían una Declaración Conjunta donde enunciaban su “preocupación por los acontecimientos”, invocaban “el principio de no intervención” y rechazaban “imponer pautas desde afuera”.

En consonancia, ambos gobiernos se abstuvieron en el voto de la Resolución (1175.21) aprobada en el Consejo Permanente de la Organización de Estados Americanos, que pide la liberación de los presos políticos y el retorno democrático. Y aunque circularon rumores sobre un supuesto rol mediador argentino, la única noticia ha sido la radicalización represiva de Ortega.

Tal actitud choca con otros precedentes. Las cancillerías mexicana y argentina se involucraron activamente en la crisis política boliviana, tomando partido por el expresidente Evo Morales. Apoyaron el regreso de su partido al poder, por la misma vía electoral que hoy se le niega a los nicaraguenses.

En Bolivia, los llamados a la “no intervención” fueron entonces interpretados de un modo laxo. Para apoyar al Movimiento Al Socialismo, ambos gobiernos impulsaron una diplomacia militante, ante Ortega exhiben hoy una cautela prudente.

Esta última postura llevó a Erika Guevara Rosas, directora para las Américas de Amnistía Internacional, a recordar que “el principio de no intervención en los asuntos internos de un Estado no se aplica a las violaciones de derechos humanos y crímenes de derecho internacional”.

Los dobles raseros se trasladan al ámbito intelectual. Los centros centroamericanos del Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales (Clacso) llamaron a “La liberación de las personas presas políticas, respetar los derechos humanos, garantizar la libertad académica y asegurar la libertad de organización, movilización y comunicación que un proceso electoral libre y democrático demanda.”

Al tiempo, invitaban “al Comité Directivo y a los más de 600 centros que integran la red Clacso a pronunciarse en este mismo sentido sobre la situación en Nicaragua.”  Al escribirse esta columna, el exhorto no encontraba aún eco en la directiva de la organización. Algo paradójico para una entidad prólija en pronunciamientos críticos por la situación de las sociedades y academias… bajo gobiernos neoliberales. Y cuyo logo y link aparecen, por cierto, en el espacio inferior de la web del Foro de Sao Paulo.

Definida en el marco de la Modernidad capitalista. la izquierda tiende a combatir la pobreza y desigualdad socioeconómicas, confiando al Estado un rol regulador y redistributivo. A contrapelo, la derecha concibe a la iniciativa privada, realizada en el Mercado, como motor para la producción y acumulación de riquezas. Ambas han cosechado éxitos y fracasos, afectando -para bien o mal- la existencia de miles de millones de personas en los últimos 200 años.

Siendo Latinoamérica el continente más desigual, las izquierdas tienen mucho que hacer todavía. Siempre que recuerden que la justicia social no puede divorciarse de la democracia política. Pues solo con libertades públicas es posible reivindicar los derechos de los desposeídos. Lo otro, una élite que decide en nombre del pueblo, acaba convitiendo a este en mera masa carente de poder e iniciativa.

La izquierda, como la derecha, no es un campo monolítico. Hay, incluso dentro de su pasado radical, activistas heroicos cómo Rosa Luxemburgo y Andrés Nin. También genocidas como José Stalin y Pol Pot. Por ello ser de izquierda no es ningún atributo de superioridad moral. Si a ello le sumamos que las soluciones prácticas y los aportes científicos a los grandes problemas sociales del último siglo han provenido de personas con ideologías diversas -algunas, incluso, sin partidismo consciente- ¿quién tiene la capacidad para erigirse, desde la zurda, en vanguardia iluminada de la humanidad?

Pero hay una realidad innegable. En Latinoamérica, la solidaridad orgánica entre regímenes, partidos y movimientos de izquierda autoritaria no se ve contrarrestada por un activismo democrático de los representantes del llamado progresismo. En este predominan silencios y ambiguedades que, ante crisis como la nicaragüense solo abonan a la consolidación represiva. Ante diferentes conflictos nacionales, los halcones paulistas y las palomas poblanas parecen gorjear, aún con tonos distintos, tonadas convergentes.

La ambigüedad política de convivir, en los mismos foros, fuerzas políticas que aceptan el pluralismo -en tanto principio democrático- con otras que lo suprimen una vez afincadas en el Gobierno, está pasando factura ética y práctica al componente democrático de las izquierdas latinoamericanas.

Como resultado, la denuncia de Managua -y de Caracas y La Habana- queda hoy mayormente confinada al centro y la derecha política. Hay personalidades y movimientos que, desde una izquierda intelectual, movimientista o comunitaria, repudian la razzia incivil del régimen Ortega-Murillo. Pero no constituyen una masa crítica capaz de desafiar la postura cómplice de las directivas de los partidos y movimientos nucleados en las grandes organizaciones regionales.

No hace tanto, América Latina fue un continente copado por dictaduras derechistas, que colaboraban entre sí para exterminar a sus opositores y a mucha otra gente inocente. Entonces, la mayor parte de la opinión pública democrática -en izquierdas y derechas, dentro y fuera de la región- denunció sin ambagues lo que allí sucedía. Hoy, las víctimas concretas de los gobiernos “revolucionarios” son abandonadas por quienes invocan, desde una falsa superioridad moral, la emancipación abstracta. En nombre de una “soberanía”, administrada desde el Estado autoritario, que invoca retóricamente al mismo pueblo que aniquila y somete.

Ultima hora: Infobae reporta que Argentina y México han llamado a consulta a sus embajadores en Nicaragua, ante la escalada en el país. Ojalá sea el inicio de un cambio de política progresista, tan necesario en la izquierda latinoamericana y, aún más, en la estabilidad democrática de toda la región.

Referencias:

Lea más del diario de Armando Chaguaceda aquí.

Armando Chaguaceda

Armando Chaguaceda: Mi currículo vitae me presenta como historiador y cientista político.....soy de una generación inclasificable, que recogió los logros, frustraciones y promesas de la Revolución Cubana...y que hoy resiste en la isla o se abre camino por mil sitios de este mundo, tratando de seguir siendo humanos sin morir en el intento.


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