Intelectuales y populistas: vuelta sobre un falso dilema

Comprendo por qué las doctrinas que me explican todo, me debilitan al mismo tiempo. Me libran del peso de mi propia vida y, sin embargo, es necesario que lo lleve yo solo. -Albert Camus

Por Armando Chaguaceda

HAVANA TIMES – Inicia el año con una ofensiva general de los autoritarismos latinoamericanos contra su sociedad civil. En Cuba se amplía la campaña estatal -mediática, policial- contra los artistas del movimiento 27N. En Nicaragua se aprueban medidas para criminalizar el apoyo a las ONGs. En Venezuela se apresan activistas que repartían alimentos y medicinas en zonas pobres. En los tres casos, la organización autónoma de ciudadanos y la solidaridad hacia ellos se convierte en obsesión gubernamental.

En otros gobiernos, a la derecha del espectro ideológico, los periodistas, defensores de migrantes y luchadores por los Derechos Humanos también están bajo asedio. Los casos de Brasil, Honduras y Colombia, en ese sentido, son reveladores.

Recuerdo esta situación mientras debato, a propósito del “legado Trump”, con dos colegas acerca de la naturaleza de la amenaza autoritaria a la democracia actual. Uno insiste en asimilar el populismo de derecha y el viejo fascismo, pero rechaza extender el mismo análisis a la crítica al estalinismo.

Otra profesora, si bien reconoce la diversidad ideológica de diferentes proyectos totalitarios, insiste en que solo la amenaza de derecha -nazi, fascista- era intrínsecamente condenable. En ambos casos, se establece ex ante una dispensa intelectual y moral, fundada en razones ideológicas, ante formas distintas del terror total.

Los dobles raseros

Se trata de una discusión no menor, por sus repercusiones prácticas sobre pueblos enteros. El tema de fondo es si evaluamos a todo proyecto político -el que sea- por sus promesas, por sus acciones o por la correspondencia entre ambas.

En “estado puro”, lo primero conduce a una mirada idealista, con riesgos distópicos. Lo segundo lleva a una perspectiva realista, más atenta al acto que a las ideas que le animan. Lo tercero, abonaría una mirada simultánea, coherente y compleja, del hecho concreto y la responsabilidad e intencionalidad de los actores.

Retomando el tema desde la tercera postura, no es difícil avistar el legado de la Ilustración presente en el comunismo, con sus promesas de liberación y justicia. Algo ausente en un fascismo, intelectualmente precario y anclado en la tradición.

Sin embargo, ¿esa misma superioridad intelectual, asumida como vanguardia moral, no torna más difícil la necesaria crítica al primero y vuelve sus crímenes más “absurdos”, en contraste con la promesa emancipadora?

Además, aun considerando que en el terreno de las ideas haya diferencias entre totalitarismos de izquierda y derecha, ¿no es constatable un legado terrible común? Millones de víctimas de ambos sistemas que no admiten raseros fundados en “ismos” confesos u ocultos.

Una variante de este añejo debate se produce hoy, al clasificar populismos buenos y malos. Definidos desde lecturas partisanas de sus lógicas de exclusión e inclusión. Los primeros, de izquierda, darían cabida a los pobres. Los segundos, conservadores, serían xenófobos incurables.

La investigación reciente desde la ciencia política, la historia y la teoría desmienten las miradas binarias. Nos recuerda que los modos de excluir son diversos – socioeconómicos, políticos, identitarios- y ambos tipos de populismos los practican. Atentando contra una democracia entendida como la inclusión y acción de una ciudadanía plena y plural.

El populismo es un modo específico de entender -mediante el nexo Líder-Masa y la contraposición Pueblo-Oligarquía-, ejercer y estructurar la política moderna. Como fenómeno global, a medio camino entre la democracia y la autocracia, todo populismo tiene múltiples dimensiones o componentes. Incluye un liderazgo -basado en el carisma-, un movimiento social -dependiente del líder y poco estructurado- y, en ciertos casos con mayor desarrollo, un partido y régimen político populistas.

Al combinarse, estos factores dan forma a una política populista, la cual puede orientarse a la democratización o la autocratización del régimen político en el cual se incuba y brota.

En el primer sentido, al exhibir los déficits de las democracias liberales -que abarcan la crisis de representación y el secuestro oligárquico de las instituciones- el populismo puede representar el papel del pariente incómodo que llega a la fiesta, develando los conflictos ocultos y jamás procesados en el seno de la familia política. Transparentando aquello que merece ser reformado.

Una realidad inocultable

Sin embargo, al sustituir una (mal procesada) polarización social por una (reforzada) polarización política, al negar legitimidad y participación a la oposición y someter las instituciones que contrapesan al Poder ejecutivo, el populismo abre una ruta contraria a la democracia.

El estilo de hacer política del populismo niega el pluralismo de las sociedades contemporáneas, fomenta un comunitarismo excluyente, desarrolla un culto patológico al jefe y promueve una mentalidad simple, hostil a lo diverso. Todo esto, pasado cierto umbral, puede llevar a la tiranización abierta del sistema político y la sociedad.

Populistas de derecha e izquierda comparten un sustrato cesarista y organicista, sobre el que confluyen un moralismo autoritario -analizado por autores cómo Ugo Pipitone- y una promesa redentora de referentes arcaizantes.

No por gusto Vladimir Putin, personificación del empalme entre origen populista y devenir autocrático, es hoy aliado y ejemplo para intelectuales, políticos y activistas de ideologías disímiles. Autócratas de derecha cómo Viktor Orban (Hungría) e izquierda cómo Nicolás Maduro. Partidos que van desde Podemos al Frente Nacional, hermanados en su fobia a la democracia liberal.

Al populismo le sucede con la autocracia lo mismo que al liberalismo con la democracia. Es condición básica, más no suficiente. Su modalidad “progresista”, pontificada por la escuela de Laclau y Mouffe, tuvo su realización en Latinoamérica.

Los gobiernos bolivarianos fueron su plasmación, pero su impacto -y el término mismo- ha llegado a la izquierda norteamericana y europea. Su ideología sombrilla es el llamado socialismo del siglo XXI, una mezcla de comunitarismo, nacionalismo y estatismo. Sus políticas abarcan la lucha contra la pobreza y el fomento de formas de democracia pleisbicitaria. Su saldo, a la postre, fue menos luminoso. Ahí está Venezuela para recordarlo.

Como ha señalado Benjamin Moffitt, un académico sofisticado y prudente dentro de un campo de estudios demasiado polarizado “en cada uno de estos casos latinoamericanos, muchas de las peores sospechas que los críticos del populismo han expresado han sido confirmadas” ubicándoles “lejos de ser las inspiraciones que inicialmente pueden haber estado en la izquierda internacional” 

Un saldo autoritario que debería sucitar las mismas críticas que generan Trump y Orban, Duterte y Bolsonaro. Sin dobles raseros. Porque en política, cuando se afecta el destino de gente concreta, cualquier ismo amerita siempre la atención cuidadosa de sus promesas y realizaciones.

El dilema de elegir entre buenos y malos populismos, como respuestas a la crisis liberal, es falso y peligroso.

Como señala John Keane, lo necesario es fortalecer la política democrática, defendiéndola ante el virus del populismo y los lastres oligárquicos, con mayor participación ciudadana en la vida pública y con nuevos mecanismos de control popular del poder. Una soberanía multiplicada del pueblo plural, que enriquece la democracia en lugar de simplificarla o polarizarla.

Solo así podremos evitar las falsas promesas y modas intelectuales que, invocando la emancipación política y la justicia social, erigen en la tierra nuevos templos al despotismo.

Referencias:

Lea más del diario de Armando Chaguaceda.

Armando Chaguaceda

Armando Chaguaceda: Mi currículo vitae me presenta como historiador y cientista político.....soy de una generación inclasificable, que recogió los logros, frustraciones y promesas de la Revolución Cubana...y que hoy resiste en la isla o se abre camino por mil sitios de este mundo, tratando de seguir siendo humanos sin morir en el intento.

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