Haití y Chile: desastre natural y políticas neoliberales

Armando Chaguaceda

En días pasados, en un intercambio con mis colegas del Observatorio Social de América Latina, remarqué la necesidad de considerar los desastres sociales resultantes de los terremotos de Haití y Chile como saldos netos del experimento neoliberal.

Algunos compañeros, más que rechazar mi argumento, alertaban sobre las causas profundas y de larga duración de los problemas de la isla caribeña y el país austral, y  proponían discutir seriamente sobre el asunto.

Y aunque en efecto el sistema capitalista (y su consustancial relación centro-periferia) se revela culpable de buena parte de los problemas de nuestra región, hoy me tomo unos minutos para explicar (y compartir con los lectores de Havana Times) los fundamentos de mis  valoraciones.

Claro que no creo que el desastre haitiano (y el discurso hipócrita del Estado Fallido enarbolado por Occidente) sea consecuencia, en exclusiva, de tres décadas de políticas neoliberales. Mis referencias al neoliberalismo no desconocen el impacto de las deficiencias históricas y estructurales del estado haitiano, víctima de todas las formas del coloniaje, en culpa compartida por las élites locales y los sucesivos poderes extranjeros.

Pero sí destaco como, en décadas pasadas, los organismos internacionales insistieron en políticas concretas —típicas de los paquetes de ajuste— que, por ejemplo, aniquilaron la soberanía alimentaría del país, la pequeña producción nacional y obligaron a reducir aún más el personal y políticas públicos.

Desde inicios de los años 80, el FMI y del Banco Mundial forzaron a Haití a desproteger la producción de arroz, por lo cual la nación tuvo que importar el grano y masas de campesinos emigraron al atestado Puerto Príncipe. Por idénticas causas el cemento fue, desde fines de dicha década, traído de EEUU,  y la mayoría empobrecida tuvo que construir sus casas con materiales precarios, lo que explica el desastre actual de miles de derrumbes y su cuota de muertes evitables.

En años recientes, en el terreno de la organización social, junto a los beligerantes movimientos comunitarios, se han impuesto ciertas modas del proyecto neoliberal (terciarización de servicios, onegeneización y profesionalización de los actores sociales) de la mano de la Cooperación Internacional y las Agencias del sistema de Naciones Unidas, instaladas en la empobrecida nación. Una colega francesa me decía, llena de rabia, que con  los cuantiosos gastos de operación de  funcionarios y cooperantes, puestos en manos de una autoridad centralizada y competente, se podrían resolver los acuciantes problemas de abasto de agua, drenaje e infraestructura de la ciudad capital.

El caso de Chile

Como broma cruel, la naturaleza ha golpeado también a Chile, vitrina del neoliberalismo regional. En el país austral, donde los rasgos del modelo neoliberal coexisten con otros vetustos como el conservadurismo social, la tradición autoritaria y una partidocracia poderosa que prácticamente ha absorbido cualquier articulación autónoma de la sociedad civil, las huellas del desastre no son menos evidentes. Ha habido centenares de muertos y dos millones de damnificados, millón y medio de viviendas afectadas, y un costo económico cifrado en  30 mil millones de dólares.

Aquí el panorama valorativo resulta complejo. Cierto es que en el Chile de la Concertación se ha reducido -sostenidamente- el número de pobres, que existe una estabilidad macroeconómica, que sus empresas exportan a medio mundo y que el gobierno muestra una equilibrada balanza de pagos. Sin embargo, el desastre demostró que el innegable desarrollo económico chileno no se extiende a todo el tejido social y posee mucho de mito ideológico. La riqueza crece, pero sigue siendo uno de los países que peor la distribuyen en el mundo. Y constituye una sociedad disciplinada por un terror dictatorial que le abrió paso al extendido sentido común neoliberal.

La respuesta gubernamental, que inicialmente desdeñó orgullosa las ofertas de ayuda internacional, fue tardía y mal coordinada, demostrando los costes funestos de una provisión de servicios básicos entregada a manos privadas. Ante la sorprendente ausencia de un Estado eficaz (y no sólo tecnocráticamente eficiente) una sociedad debilitada por treinta años de neoliberalismo mostró sus incapacidades para sostener el orden requerido frente a un desastre como este. Habiendo privatizado la mayoría de los servicios, se apeló a la caridad empresarial, pero no hubo capacidad (¿o voluntad?) para tomar el control de ciertas empresas y servicios privatizados y reorientarlos según la necesidad de la coyuntura. Y las fuerzas armadas, nuevamente, ganaron protagonismo.

Fuentes de crisis social

La  crisis social derivada de estas catástrofes puede interpretarse de muchos modos, pero dos valoraciones recurrentes inundaron la gran prensa, en las horas siguientes de los terremotos. Una, instantánea, fue responsabilizar a la naturaleza por el desastre,  la otra a la gente por su “incivilidad.”  Ambas reacciones son, a mi juicio, erradas y perversas.

Si nos conformamos con la idea de meros déficits de gestión institucional o de “empoderamiento” comunitario, sin acometer un cambio profundo del modelo no solucionaremos nada….y ante el próximo terremoto, tsunami o ciclón se repetirán las tragedias.

Si no se refuerzan (y controlan por la ciudadanía) las capacidades del Estado, en tanto ente regulador, provisor de bienes públicos universales y garante de derechos; y si no se fortalecen sociedades civiles autónomas, ligadas a políticas de descentralización y participación, todo este drama será pasto del olvido.

No estamos sólo frente un cataclismo natural sino también de una catástrofe social. Si reconocemos que el sistema mundial es gobernado por la lógica del capital (que los actuales gobiernos progresistas sólo tratan de gestionar de forma alternativa) y que sus políticas han diseñado las realidades de nuestros países, poco podemos hacer sin avanzar hacia un proyecto económico (y por ende social y político) postneoliberal, o sea, socialista.

El culpable debe ser llamado por su nombre, puesto en el banquillo de los acusados y, sobre todo, impedir que la impunidad del mercado autorreferente y el ejemplo del estado gendarme continúen atentando contra la convivencia y el desarrollo de nuestra civilización. ¡Así pues, mandemos a la mierda el neoliberalismo¡

Armando Chaguaceda

Armando Chaguaceda: Mi currículo vitae me presenta como historiador y cientista político.....soy de una generación inclasificable, que recogió los logros, frustraciones y promesas de la Revolución Cubana...y que hoy resiste en la isla o se abre camino por mil sitios de este mundo, tratando de seguir siendo humanos sin morir en el intento.

Un comentario sobre “Haití y Chile: desastre natural y políticas neoliberales

  • te acuerdas Chaguaceda, cuando estuviste tan breve tiempo en la formadora de maestros emergentes y despues te fuistes, que lastima que estas lejos o vienes constantemente, tu realidad ahora es otra, verdad??.
    Sin embargo, otros estan aqui, en la misma lucha, en la misma letra, la que nunca se abandona.
    Saludos y espero que sigas haciendo siempre, y Cuba no esta ausente, siempre está.

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