El ombligo de los ángeles

Armando Chaguaceda

Osmany Garcia, foto: ecured.cu

Cuentan que durante el Medioevo, ante el peso de los dogmas y castigos de la Inquisición, muchos sabios se entretenían en discusiones tan “sugerentes”  como la presencia (o no) de  ombligos en los ángeles.

Aunque algunos colegas desafiaran el statu quo y ardieran victimas de su valor (o tozudez?¡)  y se avizoraran los contornos luminosos del Renacimiento, numerosos  teólogos y filósofos elegían polemizar de asuntos que permitieran salvar el pellejo y mantener, aun en la precariedad, ciertos artes y rituales de la profesión intelectual.

Semejante ejercicio de la palabra -en sus versiones oral y escrita- y de su empleo en verdaderos torneos de retórica puede parecer, a la luz del presente y en comparación con los aportes del mundo clásico, del pensamiento musulmán o de la explosión científico-humanista de la Modernidad, francamente sombrío y ridículo.

Pero nos recuerda que las ideas, pese a las imágenes poéticas que las equiparan con el vuelo libre de un pájaro, resultan presa (junto a sus portadores) de las estructuras sociales, políticas y culturales de una época y lugar.

Y que sólo cuando quiebran las cadenas que le sujetan a legitimar el orden vigente y a reproducir su normalidad y cánones éticos, estéticos y sociopolíticos en la vida cotidiana, se convierten en un pensamiento auténticamente renovador, radical, revolucionario.

En estos días, cuando tanto revuelo se ha levantado en Cuba en torno al difundido tema de reggaetón El Chupi Chupi me pregunto si no estaremos ante otro debate similar al de los sabios medievales, inflado por las circunstancias peculiares que vive nuestra isla, por los cánones y (pre)juicios de un sector de sus elites culturales y políticas y por el creciente abismo que parece abrirse entre estas y, en frente, nuevas elites ligadas al mercado trasnacional y la cultura de nuevo rico, cuya imagen de éxito es reconocida por un vasto sector de la población crecientemente empobrecida.

Por otro lado, me interrogo porque en un contexto donde algunos ensayan hasta el cansancio una sofisticada epistemología del retozo o una hermenéutica de la paja se estanca o represa, verbigracia de la apatía institucional y la nueva hegemonía mercantil, el desarrollo de reflexiones, experimentaciones e intervenciones artísticas -en los terrenos de la música, las artes escénicas, la plástica o el audiovisual- capaces de rescatar la hermosa y vital cópula creador-público de los transgresores años 60 y 80.

En lo personal, reconozco que no me gusta el polémico tema  -en cuyo video clip abundan las imágenes machistas y el encumbramiento de Lolitas kitsch y Papitos fisiculturistas- del mismo modo que en estas páginas disentí frente a obras del género que reúnen cierta estética Made In Miami  con un discurso fascistoide y adulador del poder.

Comprendo (y comparto) la molestia de una amiga feminista y de un destacado escritor y crítico de la isla ante la pésima factura del audiovisual y la canción misma, y celebro en ambos su decisión de lanzarse al ruedo del debate sin recibir señales ni pedir permisos.

Sin embargo, como hice cuando critiqué a Creo, defiendo -frente a censuras verticales e inapelables- el derecho del creador a compartir su mensaje con su público. Reconozco como un hecho (que creo positivo) la plural apropiación y resignificación populares de cualquier género, que llevó a la Cátedra Haydeé Santamaría a dedicar un evento a analizar el fenómeno reggaetón en sus tempranas incursiones en la isla, hace ya varios años.

Y llamo la atención sobre la necesidad de un análisis y debate más profundos en torno a las condiciones que hacen socialmente posible (y que en buena medida favorecen) el arraigo y expansión de este “arte”.

Porque, además, me parece que en los vastos terrenos de la cultura (y en su interpretación  letrada) tenemos problemáticas más graves que la factura de un reggaetón, situaciones estas que merecerían reflexiones profundas desde las páginas del Granma y de las más altas instancias culturales de la nación.

Si desde no pocas instituciones se fomenta una cultura de la pasividad en la ciudadanía y se aúpa o tolera el éxito mercantil, la neutralidad o el (falso) compromiso celebratorio en los artistas, si se satura a la gente (y a nuestros niños) de mensajes ideologizados (y tan violentos como los del Chupi Chupi) como los de la propaganda nacional o los gritos de los Actos de Repudio, si la oferta recreativa y cultural se concentra en ciertos circuitos metropolitanos (notablemente en la zona de Miramar o el Vedado) dejando para la masa juvenil el muro del Malecón y  las cisternas de Alamar, semejante ofensiva sobre estos pobres muchachos reúne, desde mi modesta apreciación, un poco de oportunismo burocrático y algo de mojigatería intelectual, ayudando a apartar la mirada de otros temas urgentes.

En cuanto al gremio, me sorprende que hayan tantas energías dispuestas a romper lanzas en torno a este affaire y tan pocas comprometidas no ya con un ambicioso rediseño de la política cultural de la Revolución (para lo cual el reciente y simbólico medio siglo de Palabras a los Intelectuales fue un momento magistralmente desaprovechado) sino al menos con la exigencia de un mejor cumplimiento de varios acuerdos del último congreso de la UNEAC, por ejemplo, en lo referente al estado de la información, debate y educación públicos.

Para no hablar de los mutismos, públicos y privados, de una parte del campo intelectual, frente a las sanciones y censuras a colegas, el cierre de eventos o las suspensiones de foros de debate públicos, ocurrido en los últimos meses.

Espero que el debate en torno al affaire Chupi Chupi no motive una epidemia de (¿falsos?) agraviados, y que cada quien se ubique frente a este en el sitio que, por derecho o afinidad, realmente le corresponde.

Tal vez, la dialéctica de lo urgente (contrarrestar las manifestaciones de descomposición social y cultural que atentan contra la convivencia en nuestras comunidades) y lo importante (repensar que estamos haciendo los creadores en esta hora de cambios nacionales y, sobre todo,  como interactuamos con el resto de la población y su sentir) nos esté jugando otra mala pasada. Pero no importa, pues siempre queda, a “elección del consumidor”, la oportunidad de perrear un reggaetón políticamente correcto.

PostData: Cuando este terminaba este artículo, el crítico Joel del Río publicó en el diario Juventud Rebelde un lúcido análisis de los premios Lucas, con alusiones al polémico video y sus críticos…recomiendo su lectura.

Armando Chaguaceda

Armando Chaguaceda: Mi currículo vitae me presenta como historiador y cientista político.....soy de una generación inclasificable, que recogió los logros, frustraciones y promesas de la Revolución Cubana...y que hoy resiste en la isla o se abre camino por mil sitios de este mundo, tratando de seguir siendo humanos sin morir en el intento.


4 thoughts on “El ombligo de los ángeles

  • el 30 noviembre, 2011 a las 1:52 pm
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    Por favor,yo tambien entro en polemica con esa mediocre cancion Chupi,Chupi,yo no creo que esa porqueria disculpame pueda ser nominada a los Lucas,eso hace que se critique mas a Cuba.

  • el 28 noviembre, 2011 a las 5:23 pm
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    “analizar el fenómeno reggaetón”

    ¡Ay, Cuba!

    ¿Hay Cuba?

  • el 28 noviembre, 2011 a las 4:09 pm
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    lo del ombligo de los ángeles es demasiado bueno

  • el 28 noviembre, 2011 a las 2:17 pm
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    Interesante su articulo.. jejejje.. todavia queda la esperanza de perrear un con regaeton politicamente correcto..jajajaja

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