Constructores de Nación

Armando Chaguaceda

Calle de La Habana. Foto: Caridad

Los sucesos recientes del Norte de África y el Medio Oriente (que en casos como el egipcio clasifican ya claramente como revoluciones) han destruido varios mitos de la academia y política globales, sembrando la duda y el temor en opinadores y mandamases de toda especie.  Y han provocado lecturas, más o menos osadas y sustanciosas, de este lado del Atlántico, incluyendo a Cuba.

Las poblaciones sublevadas no escogieron su menú eligiendo entre libertad política, justicia social y prosperidad económica, porque supieron que el plato democracia debía combinar los tres ingredientes.

Demostraron que el autoritarismo (ese privilegio del mando sobre el consenso y de los caudillos sobre las leyes) ha sido la norma no solo en regímenes enemigos de Occidente, sino en fieles aliados que garantizan sus intereses y practican, de cuando en cuando, masacaradas pseudodemocráticas para formal complacencia de Washington o París.

Por eso los zapatos al vuelo de los iracundos manifestantes van por igual y sin distinción contra los traseros de Ben Alí y Mubarak, de Gadaffi y Ajmadineyad.

Los pueblos sublevados no quisieron más guardianes que velaran sus sueños azuzando el espantajo del terrorismo y el fundamentalismo; sino instituciones abiertas a la participación y los derechos universales.

No mostraron el rostro grave de comunidades atávicas y temerosas sino la expresión transgresora de sociedades modernas, laicas y orgullosas de sus mejores tradiciones.  No han creído en las formulas y plazos de aquellos conservadores que les ofrecían reciclar las caras de sus represores de anteayer (devenidos “hombres imprescindibles para el cambio”) ni tampoco en los discursos oportunistas de las potencias que buscaron, hasta el final, nadar en todas las aguas.

Por si eso fuera poco los protestantes han copado las plazas, las fábricas y el ciberespacio, combinado la firmeza con la creatividad (“Perdonen las molestias, estábamos construyendo Egipto” decía un rótulo de los voluntarios recogedores de escombros), y la capacidad de sacrificio con el uso eficaz de las nuevas tecnologías (Facebook, Twitter).

Han tomado el control de sus vidas con la asombrosa y emocionante capacidad autorganizativa que demostraron al mantener la seguridad, la alimentación y la sanidad en la ya emblemática Plaza Tahrir, deteniendo a los agentes gubernamentales y forzando la neutralidad positiva de las fuerzas armadas.   Y nos han devuelto la palabra revolución, que parecía desterrada del léxico de la postmodernidad biempensante.

Y en Cuba?

Ante semejante avalancha de acontecimientos, algunos se han aventurado a vaticinar la posibilidad (y el deseo) de que revueltas similares se produjesen en la Cuba actual.  Sin embargo, creo que existen varios factores que en un futuro inmediato las hacen improbables.

Una revuelta requiere un sujeto colectivo, que en estos países ha sido una juventud en buena medida preparada (con estudios universitarios) y carente de opciones apetecibles de futuro.  En ese particular la estructura demográfica de Cuba tiene mucha menor cantidad de jóvenes que la de los países del Magreb y Medio Oriente, aunque los problemas de estos contemporáneos se parezcan: altas expectativas de todo tipo, bajos ingresos y limitadas posibilidades de realización personal, etc.

Una calle de La Habana. Foto: Caridad

Otro elemento clave es la existencia de redes de comunicación alternativas de suficiente penetración/difusión sociales; en la Isla el acceso a Internet (correos, Faceook, Twitter, etc) y la TV por cable son precarios y los medios masivos están fuertemente sujetos a una política oficial, con orientaciones precisas.

No obstante, aventuro, el acceso a la web seguramente se ampliará (ha llegado el cable de Venezuela que multiplica por miles de veces el ancho de banda hoy disponible) y ello propiciará, amén de las censuras, mas información e interacción virtual de las personas y menos control gubernamental sobre la opinión.

Tampoco puede desconocerse la diferencia entre un gobierno autoritario como los que han colapsado en Túnez y Egipto —apoyados por Occidente— y el cubano, que cuenta —aunque erosionado— con el recurso simbólico de la defensa de la soberanía frente a la potencia vecina tradicionalmente opresora: en Cuba los EEUU son asunto de política interna.

Eso tiene calado en un sector más o menos amplio de la población.  Además no olvidemos que por su naturaleza el socialismo de estado —vigente en Cuba— tiene mayor capacidad (y vocación) para controlar y —como decía Jurgen Habermas— colonizar la sociedad, de forma incomparablemente superior a los gobiernos africanos y árabes sin recurrir a la violencia física, masiva y descarnada.

No obstante en la isla algo se está cociendo, de cara al futuro.

Las reformas anunciadas, en tanto abren un espacio a la iniciativa privada y alivian la demanda acumulada de bienes y servicios, permiten un respiro tanto a la economía nacional como al bolsillo de muchos y en ese aspecto son positivas.  Pero resultan insuficientes para absorber la marea de desempleados que se abatirá sobre el mercado laboral a corto plazo, lo que puede incrementar la pobreza e  incrementar el patrón de desigualdad más allá de lo socialmente aceptable.

Si esa situación se torna irreversible (y se acompaña desde el poder por un crecimiento de los privilegios y la represión) podría incitar a las personas a manifestarse en contra de las políticas en curso y el régimen vigente.

En esa dirección, con el incremento de la participación del factor militar en la economía y la política sus comportamientos para con la población, ethos profesional y compromisos ideológicos se modifican.  Se incrementa su rol como factor de control social en detrimento de la visión del Ejército como “pueblo uniformado” no apto para la represión.

Habrá que ver la diferencia de actitud de los jóvenes reclutas y la oficialidad en una coyuntura de crisis social y/o migratoria, siempre al acecho como demostró el Maleconazo de 1994.

La erosión radical (o el desmontaje) del Contrato Social revolucionario establecido entre el Estado y la población cubanos (que intercambiaba prestaciones sociales masivas por lealtad política) modificará  drásticamente (ya comienza a hacerlo) los términos de la legitimidad y gobernabilidad en Cuba.

Ojalá los futuros inmediatos de Cuba no transiten por un cambalache perverso de autonomía y justicia social, soberanía y desarrollo, que nos ponga en los brazos de la potencia vecina o desgarre el país en una contienda civil.

De la responsabilidad, altruismo y creatividad de todos los actores en juego (gobierno y oposición, ciudadanía y comunidad internacional) dependerá que el proyecto martiano de una nación “con todos y para el bien de todos”  no sea ahogado en nuevas Jornadas de la Ira, frente al abrasador sol del Caribe.

Armando Chaguaceda

Armando Chaguaceda: Mi currículo vitae me presenta como historiador y cientista político.....soy de una generación inclasificable, que recogió los logros, frustraciones y promesas de la Revolución Cubana...y que hoy resiste en la isla o se abre camino por mil sitios de este mundo, tratando de seguir siendo humanos sin morir en el intento.

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One thought on “Constructores de Nación

  • “Quien no me quiere, no merece vivir”

    Sirva este espacio, y la referencia que haces de algunos déspotas, para dar cabida a un par de frases y cuestionar al público lector de Havana Times, ¿quién es el autor de dicha estupidez? No, aunque ustedes consideren que tiene barba, que medio pulula en esos panfletos de circulación nacional con “sesudas reflexiones”; no, no es ese… aunque bien podría parecerse, ya que con esas ingeniosas declaraciones-sustituyendo los largos, y vacuos discursos- da el acostumbrado espaldarazo a seres de su misma calaña, aun cuando el apoyado sea un vil genocida y haya generado un derramamiento de sangre entre mismos de un pueblo.

    “habrá que esperar el tiempo necesario para conocer con rigor cuánto hay de verdad o mentira o una mezcla de hechos de todo tipo”

    ¿Y esta otra barbaridad también la dijo el mismo elemento? diera la impresión que no, porque aquí hace uso de la cautela, no asume riesgos como tampoco los asumió al llegar a México y recibir el espaldarazo del entonces director federal de seguridad(una rata de mucha monta) para planear y embarcarse, con cierta certeza de éxito, hacia una empresa… pero eso es harina de otro costal.

    Con este par de fulminantes frases me interesa hacer notar la clase de patanes que se regodean con el cargo político máximo de un país, y cabe aclarar que la distancia geográfica entre uno y otro autor de estas frases no significa nada cuando se compara y se nota la idéntica inequidad, la injusticia, la cobardía y la vileza de sus acciones. Son harina-rancia, por cierto- de un mismo costal y su fin parece próximo, muy próximo, digamos.

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