Capitalismo y democracia: un debate recurrente

Por Armando Chaguaceda

Foto: Caridad

HAVANA TIMES – En ciencias sociales es cosa común incurrir en extremos -epistemológicos y políticos- que aprisionan la realidad en esquemas maniqueos. Extremos que, paradójicamente, coinciden desde las atalayas de una teleología explicativa, que ignora procesos y sujetos reales, sociohistóricamente situados.

Abundan lecturas radicales idealistas, que niegan la realidad, compleja y dinámica de las sociedades modernas, apostando a utopías desconectadas de los procesos reales. Subsisten visiones afirmativas del status quo, que establecen causalidades mecánicas entre fenómenos coincidentes en el tiempo y el espacio, pero pertenecientes a dimensiones distintas de lo social.

El campo intelectual, con sus cofradías de apologetas y adversarios dogmáticos de la Modernidad liberal, es buen ejemplo de lo que aquí menciono.

En días pasados asistí a un debate, con colegas de procedencias diversas, en torno a la responsabilidad de las élites liberales en la crisis global de las poliarquías.

Alrededor de un provocador texto de Yanina Welp (La democracia y el declive de las élites, Nueva Sociedad 290, Noviembre-Diciembre 2020), discutimos sobre el impacto sistémico del egoísmo y corrupción de minorías privilegiadas sobre la salud democrática de las sociedades abiertas.

Repasamos cómo la desafección ciudadana obedecía, junto al cambio cultural y la desconexión globalizadora, al solipsismo de políticos enajenados de las múltiples demandas de la gente común.

Quiso el azar que, luego de aquel intercambio, leyese dos textos de opinión que repasaban el nexo entre capitalismo y democracia. En el primero, un filósofo latinoamericano negaba cualquier posibilidad de correlacionar estos fenómenos “intrínsecamente incompatibles”.

Desde las antípodas, un economista liberal sostuvo la “correspondencia natural” entre economía de mercado y democracia liberal.

En ambos casos, la aparente ignorancia acerca de los últimos siglos de historia humana obedecía más a posturas ideológicas que al desconocimiento de las modernas dinámicas de explotación económica y dominación política.

Reconozcámoslo: las lógicas estratégicas (medios/fin) del capitalismo y la democracia divergen. El capitalismo expande sus medios (creación y captura de mercados) para conseguir, de modo concentrado, su objetivo (acumulación de ganancia) económico. 

La democracia, por su lado, expande, simultáneamente, medios (sujetos, instituciones y derechos) y fines (participación individual, autogobierno colectivo) en la regulación de la convivencia política. En esto, es claro, difieren.

Pero ambos -capitalismo y democracia- operan en los marcos de sociedades de masas, regidas por Estados nación, en un sistema internacional interconectado. Admiten versiones y maridajes diversos, contradictorios y dinámicos. Como han señalado recientemente académicos cómo Branko Milanovic, James Robinson, David Collier y Dani Rodrik. Y, un poco antes, intelectuales de la talla de Barrington Moore, Nikos Poulantzas y Charles Tilly, entre otras voces autorizadas. Y aunque sean, por separado, diferentes, pueden devenir ingredientes capaces de combinarse en el milagro de un plato nutritivo y sabroso. Escaso, pero deseable. Entendamos las condiciones de ese empalme, repasando tipos de élites y régimenes contemporáneos.

Una oligarquía -de empresarios y políticos- constituye el grupo dominante en los países donde conviven capitalismo y democracia. Divididos en facciones, sus miembros se enfrentan sobre un objetivo común: la acumulación de capital. Y son contrapesados por las movimientos, instituciones y derechos que clases medias y populares usan, al amparo del régimen democrático, para acotar el peso del dinero y poder oligárquicos. 

Mientras, los poligarcas -funcionarios y negociantes de un capitalismo neopatrimonialista- coexisten dentro de la estructura de los regímenes híbridos, con clientelas de clase media leal y sectores populares hiperexplotados.

Por último, bajo los totalitarismos de partido único y los despotismos sultánicos, el poder gubernamental fusiona los actores y mecanismos de extracción de renta y represión política. De un modo cualitativa -y brutalmente- superior a otros órdenes alternativos.

Si concebimos al Estado como el terreno donde se cristalizan las constelaciones de poder político -y económico- entonces la posibilidad de sustituir/contener a quienes nos desgobiernan resulta clave para acotar la explotación capitalista. Y eso solo es posible, de modo estable y protegido, en democracias.

Claro que esas democracias existen desde la asimetría -de recursos varios- de sujetos que ejercen sus derechos sociales, civiles y políticos.

Su ejercicio está variablemente habilitado en dependencia de las capacidades estatales y las orientaciones ideológicas de cada gobierno.

No hay casos “perfectos”, ni rutas únicas. Pero en los regímenes autocráticos todos los derechos están severamente restringidos y, en casos límite, suprimidos. Prevalece allí una categoría de “semiciudadanos” -consumidores, peticionarios-y, a veces, de simples súbditos.

La democracia contemporánea, limitada pero realmente existente, adopta hoy la forma poliárquica de república liberal de masas.

Conjugaun ideal normativo -un modo de vida que cuestiona las asimetrías de jerarquía y poder dentro del orden social-, un movimiento social -conjunto de actores, luchas y reclamos democratizadores expansivosde la ciudadanía-, un proceso socio-histórico -las fases y horizontes de democratización– y un orden político -régimen democrático– que institucionaliza los valores, prácticas y reglas que hacen efectivos los derechos a la participación, representación y deliberación políticas y la renovación periódica de los titulares del poder estatal.

La institucionalidad de estas repúblicas liberales de masas rebasa el formato liberal clásico, abarcando los mecanismos de innovación democrática y los nuevos movimientos sociales autónomos.

Es dentro de este régimen-y no desde el neoliberalismo oligárquico, patrimonialismos de distinto cuño o utopías de contornos imprecisos y antecedentes terribles- donde los sectores populares, a través de una dialéctica ciudadanizante que abarca los momentos de lucha social, reconocimiento legal e incorporación política pública, han conseguido beneficios permanentes y derechos universales.

Académicos rigurosos y progresistas como D. Rueschemeyer, H.E. Stephens y J.D Stephen, J.D (Capitalist development y democracy, University Of Chicago Press, 1992) lo han demostrado.

Incluso si consideramos que los gobiernos representativos liberales padecen de procesos de corrupción -inherentes al funcionamiento mismo del sistema- y oligarquización del poder -con minorías que abusan de las reglas del juego para perpeturar sus privilegios- dentro de un respeto general por el Estado de Derecho, la experiencia nos indica que estos son contrarrestables dentro de las repúblicas liberales de masas.

Tomemos, por ejemplo, la situación de la ciudadanía en la India y China: dos naciones gigantescas, sacudidas cada año por miles de acciones de protesta popular.

 Sin embargo, solo la existencia en la primera de un régimen democrático liberal permite la diferencia para que las reivindicaciones particulares -por vivienda, servicios, corrupción- puedan ser articuladas y transformadas en candidaturas, programas y partidos políticos que disputen el poder.

Mientras, en la China de leninismo de mercado solo es posible negociar, con el todopoderoso Partido Comunista único, mejoras parciales que no empoderan políticamente a la ciudadanía.

Comparemos también la situación de los trabajadores venezolanos, antes y después de Chávez y Maduro. Contrastemos los derechos de todo tipo -sociales, civiles, políticos, económicos y culturales- que pueden gozar y, más claramente, reivindicar, los subalternos de Costa Rica y Cuba.

 Evaluemos el decurso de las protestas ciudadanas de los últimos dos años contra las élites y regímenes en el Chile y la Nicaragua actuales.

En Chile el primero, la movilización fue canalizada, vía deliberación parlamentaria y ejercicio de la democracia directa, a una refundación constitucional. En Nicaragua se aplastó toda posibilidad de ejercicio cívico y resolución democrática del conflicto.

La ventaja de disponer de un régimen republicano liberal -simultáneamente contentivo de instituciones y derechos para el ejercicio de la política popular, institucionalizada o de calle- resulta, para las masas de todos esos países, decisiva.

En esta Modernidad inconclusa hay muchos capitalismos sin democracia, pero no han existido -lejos de cierta poesía disfrazada de ciencia social- democracias sin capitalismo. El capitalismo es hoy, pese a todo lo criticable y a nichos y redes periféricos de resistencia, el modo de producción, distribución y consumo globalmente vigente.

Lecturas sofisticadas, desde las coordenadas de América Latina, lo demuestran.[1] Es condición y contexto material donde se desarrollan los regímenes políticos contemporáneos, incluida la forma moderna de democracia.

Capitalismo y democracia no son, per se, hermanos de sangre o enemigos irreconciliables. Son formas humanas contingentes, derivadas de nuestro desarrollo socioeconómico, cultural y político. Espoleadas, con traspiés y caídas, por las demandas de personas y colectividades cada vez más complejas. Aunque cierta pedantería neoliberal o marxista, con sus versiones chatas del progreso, prefieran seguir ignorándolo.

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Armando Chaguaceda

Armando Chaguaceda: Mi currículo vitae me presenta como historiador y cientista político.....soy de una generación inclasificable, que recogió los logros, frustraciones y promesas de la Revolución Cubana...y que hoy resiste en la isla o se abre camino por mil sitios de este mundo, tratando de seguir siendo humanos sin morir en el intento.


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