Pleito X 10 cm

Ariel Glaria Enriquez

VivenciasHAVANA TIMES — No pasó un año de la muerte de Adolfo, cuando Salvador, su vecino por más de 20 años, inició el reclamo de 10 cm de terreno, que según él, Adolfo le robara cuando levantó la cerca.

El reclamo sorprendió a Alicia, la heredera nieta de Adolfo, divorciada y madre de dos hijos. Fue en la tarde de un jueves de mayo. Los gritos de Salvador retumbaron en el patio. Alicia alejó a Yusiel, el mayor de sus niños, de la cerca. Salvador, con más odio que derecho, después de amenazarla, ordenó a su vecina que en tres días debía quitar la cerca. “Búsquese un abogado”, respondió simplemente Alicia y desde aquel día enfrentó sola el absurdo reclamo de su vecino.

No era secreto que Ela, la vieja esposa de Salvador, le discutía a este su derecho a la casa que, aseguraba, era más de ella que de su viejo marido. Eso se convirtió en el proyecto fundamental de su vejez luego de jubilarse. Tras inútiles amenazas y fallidos escándalos para sacarlo de la casa y traer a vivir con ella a su hija, nieto y yerno terminó, después de un escándalo vespertino lleno de rencor e ira, llamándolo cobarde por permitirle a Adolfo levantar la cerca que hasta hoy limita ambas propiedades. Fue el detonador que frustró la paz de Alicia cuando determinó cumplir sus sueños.

Adolfo, cuyas verdaderas ideas políticas fueron para mí una revelación, llegó al reparto en 1942 por una ganga ganada en sorteo realizado para urbanizar los terrenos del reparto donde hoy vive Alicia.

Vino de España, años antes, huyendo de la represión franquista. Al llegar a La Habana, desalentado y sin un medio, se instaló en un solar de Guanabacoa, donde conoció a Eva, la abuela de Alicia. El amor lo salvó de una nostalgia sin final. En poco tiempo se hizo contador y uno de los vendedores más exitosos de la ciudad. Sin abandonar sus ideas políticas jamás se vinculó a partido alguno.

“Las fotos”, me explicó Alicia, “fueron tomadas por un asturiano amigo de la familia”. Mostraban a Adolfo, levantando su propia casa, ayudado por dos albañiles con sombrero y sin camisa. En otras aparecía su abuela sembrando rosas y el abuelo, árboles frutales. De aquella unión, que duró mientras les alcanzó la vida, nació Margarita, única hija y madre de Alicia.

En la década del 60 un ambicioso plan de siembra de café terminó con los árboles frutales y las rosas. El proyecto fracasó, en su lugar el reparto se llenó de edificios y casas iguales. En 1972 Salvador se bajó de un jeep, pistola al cinto, vestido de militar. Poco después aparecieron camiones cargados de material. “Fue por eso que mi abuelo levantó la cerca, que como ves, apenas está separada de la casa”, me explicó Alicia. A pesar de los recursos Salvador nunca terminó la casa y así permanece hasta hoy.

Eva murió en el verano de 1994, en su cama de siempre, de la que no volvió a levantarse después de sufrir una fractura de cadera. Seis meses después murió Adolfo.

Un vecino alertó a Alicia que Ela y Salvador la vigilaban sin descanso y habían hecho más de un informe acusándola de actividades ilícitas. La verdad era fácil de saber. Al enterrar a sus abuelos y considerar criados sus hijos, Alicia volvió a la pintura.

La delación llegó al colmo, cuando en un arranque de creatividad, Alicia terminó de pintar en el portal de su casa y ante las narices de sus viejos vecinos, que la acusaron de depravada y pornógrafa, dos desnudos masculinos con énfasis expresionista en la erección de los penes.

Fue la primera vez que la molestó la Policía. Hasta la tarde de aquel jueves de mayo que Salvador la amenazó, diciendo que él sabía muchas cosas y contaba con las influencias necesarias para meterla presa a ella y al mayor de sus hijos.

Fue una amenaza inútil que hizo perder el tiempo a un cansado oficial que después de tomarle declaración en su propia casa, le ordenó a Alicia presentarse al día siguiente, viernes, con los papeles de la casa y el testamento de los abuelos en cierta oficina. Alicia se presentó. Tres horas después otro oficial la despedía con unas palmaditas en la espalda. “Fue un día horrible”, dijo Alicia, mientras tomábamos café en la terraza de su casa.

En el 2014 a Ela le reventó el corazón en el portal de su casa frente al cobrador de la luz. En junio de este año Salvador cayó redondo frente al mostrador de la panadería.

“Siempre pensé que tu abuelo era masón”, dije. “No, era anarquista como su padre y el tío. A mi bisabuelo lo asesinó Franco y al hermano lo traicionó el Partido Comunista Español”, explicó Alicia sin mirarme. “Creo que Salvador sabía quién era mi abuelo y le temía”, terminó diciendo Alicia. Mi vieja laptop que usamos todos en la casa acaba de romperse. A todos un saludo.



3 comentarios sobre “Pleito X 10 cm

  • Cual es el objetivo de este post? Será el último párrafo?

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  • Me gustó más la historia del viejito muerto.
    Ariel, en tus cuentos sin final siempre hay un muertito. Me recuerdas a Juan Rulfo

    Respuesta
  • MUY BUENA HISTORIA. INTERESANTE Y BIEN NARRADA.

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