Mi estancia en un calabozo para dejar de fumar

Ariel Glaria Enríquez                                             

Donde pasé unos días para dejar de fumar.

HAVANA TIMES – Lo siguiente es la continuación de la historia de los tres días que, con la ayuda de un vecino policía, pasé por voluntad propia en un calabozo de La Habana, para dejar de fumar.  

Entré al calabozo un jueves por la tarde. Aquella fue mi primera noche sin fumar.

La segunda parte del relato comienza en la mañana del viernes y termina en las primeras horas del domingo, cuando decidí poner fin a mi voluntario encierro.

Esto es pura ficción, cualquier similitud con la realidad es memoria fílmica, lo que es igual a decir, mejor lo intentan en casa.

El viernes, al amanecer, el deseo me despertó. Lo precedía un fuerte olor a café recién colado. Al instante, desde el exterior de la celda, una voz me ofreció una taza. Mi primera intención fue aceptarla, pero al acercarme a la puerta recibí el humo de un cigarro en la cara. Como si huyera de la luz me escondí. La voz insistió.

“No tomo café, gracias”, dije, y lo sentí alejarse. Una densa nube quedó colgada de la ventana durante unos minutos. Al poco rato la puerta de mi celda se abrió. Tres detenidos formaban fila en la entrada de la escalera. Me uní a ellos. Un fuerte olor a sudor emanaba de sus cuerpos. Era la hora del desayuno. Un joven policía desarmado los custodiaba. Al verme sonrió. En ese momento descubrí que el detenido delante de mí llevaba un cigarro sobre la oreja.

La imagen del hombre encendiéndolo, dándole la primera cachada, que suele ser siempre la más intensa, me recordó el motivo de mi voluntaria condena. Me acerqué al policía y le dije que quería desayunar solo en mi celda.

“Aquí no tenemos servicio de habitaciones”, respondió. No obstante, regresé a mi encierro. El policía no  cerró la puerta. Media hora después, quizás un poco más, otro joven oficial me trajo el desayuno. Sostenía un cigarrillo encendido en la boca. Sin mirarlo le quité el desayuno y me fui a un rincón.

Cuando terminé, salí de la celda con la misma libertad que podría haberlo hecho de la caja de un elevador. Pero de inmediato recordé que estaba preso y que en cualquier momento podía ser sorprendido por un fumador. Sentí placer regresando a la soledad de mi celda convertida ahora en un inexpugnable refugio contra el humo. 

La tarde no fue todo lo tranquila y solitaria que esperaba. Me pusieron compañía. Volví a pensar en una posible venganza de mi vecino guardia. Ahora solo esperaba que esta no fuera completa y que mi compañero de celda no fumara.

Me equivoqué. El hombre tenía una peste a no menos veinte años de fumador, tenía cigarrillos y para rematar, cuando se cerró la puerta lo primero que hizo fue encender uno. Era más joven que yo, quizás también un poco más alto. Vestía desaliñado, llevaba varios días sin afeitarse y sostenía un libro bajo el brazo.

Por suerte se quedó parado junto a la puerta expulsando el humo entre los barrotes cinematográficos.

Como la vez anterior, cuando el policía me arrojó el humo a la cara, la humarada densa del cigarro de mi compañero tardó en disiparse. Cuando terminó, sin dirigirme la palabra, recorrió con la vista el calabozo, después lo midió por pasos, luego por el tamaño de sus pies, por último, regresó a la puerta.

En ese momento pensé renunciar. Pero dos horas más tarde se fue.

En la mañana del sábado desperté con el recuerdo de un gallito en las inmediaciones de mi casa, que siempre me sorprende cuando canta, y pensé en mi familia.

Había sido claro en mis instrucciones. Pero me sorprendió que fueran tan estrictos en cumplirlas. Llevaba ya dos días en cautiverio y no había recibido ni la almohada.

Esa noche decidí no esperar hasta la mañana del lunes como tenía previsto.

El domingo antes del desayuno sentí en el pasillo una voz conocida. La celda se abrió. Era mi vecino, el policía.

Mientras caminaba en dirección a la calle imaginé que pasaba en cámara lenta bajo las luces que a intervalos iluminaban el pasillo. De pronto la deslumbrante luz del sol me dio en la cara, mi esposa se precipitó hacia mí y me cubrió de besos.

Ariel Glaria

Ariel Glaría Enriquez: Nací en la Habana Cuba en el año 1969. Soy orgulloso portador de un concepto en peligro de extinción: habanero. No conozco otra ciudad, por eso la vida en ella, sus costumbres, dichas y dolor son el mayor motivo por el que escribo. Estudie la especialidad de Dibujo Mecánico, pero trabajo como restaurador. Sueño una habana con el esplendor y la importancia que tuvo.

Un comentario sobre “Mi estancia en un calabozo para dejar de fumar

  • Hilarante narrativa como un cuento corto. Debias explotar esta faceta amigo y colega, pues no te falta talento. Pero debes ir a terapia aunque pienses que los escritores estan aferrados a muchas adicciones como el cigarro, alcohol y otras drogas. Buena suerte.

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