La santería y yo

Ariel Glaria Enríquez

Altar a Eleggua. Patio de un solar de La Habana.
Altar a Eleggua. Patio de un solar de La Habana.

HAVANA TIMES — Como esos descubrimientos propios de la niñez, que ocurren al mismo tiempo, a la edad de nueve años fui invitado por primera vez a un toque de tambor Yoruba* y me encontré solo frente a una santera.

Una mañana, Hurraca nos invita a todos los niños de la cuadra al toque de tambor que su madrina Carmelina, la santera más conocida de mi barrio, ofreció a los santos Orichas*, el día siguiente.

El “toque” fue previsto para las seis de la tarde. Cuando muchos aun dormíamos, dos patrullas se apostaron frente a la puerta de Carmelina. Hacia el mediodía grupos de desconocidos esperaban en las esquinas y quicios de mi calle. Hurraca, brillando bajo el sol atroz de las doce, no paró de llevar y traer recados de un grupo a otro y de estos a los oídos de su madrina.

Entre las dos o tres de la tarde, con todos los atuendos de una majestad Yoruba, un tabaco recién encendido y tranquila, Carmelina llamó al jefe de las patrullas. Al bajarse, un oficial de pelo liso cerró de un tirón la puerta de la patrulla, regresó rápido, relajado y sonriendo, trató con piedad la puerta del vehículo y con un gesto del brazo ordenó a la patrulla estacionada detrás seguir la suya.

Solo un milagro contuvo los cristales y paredes de la casa de Carmelina, cuando el ritmo ancestral de los tambores rompió a sonar. Más tarde, bañado en sudor, Hurraca emergió del gentío que llenaba la casa. Una sonrisa cómplice le iluminó el rostro, al aparecer, en la calle, frente a nosotros, con dos bandejas de dulces. Entre comida, tragos, coros, tambores y baile, en una época donde muchos simulaban sus creencias, los Orichas tuvieron su fiesta.

Otra mañana, durante las vacaciones del mismo año, parado en el umbral de la puerta de Carmelina, el sol incidía sobre una porción rectangular del piso en la sala, proyectando mi sombra apoyada a la madera del marco. Al resto lo matizaba una penumbra clara donde cada objeto daba la impresión de poseer luz propia.

La casa parecía vacía. En el fondo, al final del comedor, vestido de rojo y blanco Changó*.Próximo a su altar, en el piso, un pequeño montículo de bolas de cristal llenaba una vasija de barro. Sin pensarlo crucé la sala. Había tomado las bolas, cuando descubrí en un espacio que no conocía, detrás de la puerta, a Carmelina dormida en una butaca. Mis rodillas temblaron como nudos corredizos. Apreté las manos con las bolas a mi estómago y busqué la puerta.

Llegando a la calle mi vecina despertó. “Devuelve a Eleggua* lo que le falta”, dijo tranquilamente, mirándome por encima de los espejuelos. Volví al comedor. Al agacharme, descubrí el monolito con ojos y boca de conchas marinas en el centro de la vasija;  detrás, un bastón de palo de guayaba con una venda roja enrollada a un extremo; muy cerca, el reflejo pálido de una olla de metal llena de objetos indeterminados. Un fuerte olor a fronda silvestre, que aún me acompaña, emanaba de aquel rincón.  “Coge solo las bolas blancas”, le escuché decir.

Altar en el patio de un solar de La Habana.
Altar en el patio de un solar de La Habana.

Al pasar nuevamente frente a ella, sentí su mano suave e inmensa en mi brazo. “Tú eres hijo de Obbatalá*” dijo, y algo más sobre mi destino. En la calle, el sol del mediodía me dio en la cara. Al virarme volvía ver el rectángulo iluminado de sol donde cientos de partículas saltaban antes de perderse en la penumbra y en mis manos –  las conté muchas veces – había nueve bolas blancas.

En 1998, cercano mi cumpleaños 29, supe que Carmelina escondió en su cuarto todos los altares y santos que tanto recordaba desde mi niñez.

La noticia no sorprendió a mi madre, que sin separar la vista del fogón me contó lo que le había oído decir a nuestra vecina una tarde en la bodega de la esquina. “En Cuba, la santería se ha vuelto un negocio y un relajo”, dijo.

En abril del 2001, vencida por la diabetes, Carmelina dejó este mundo. Durante el entierro, una vieja tubería reventó una pared del baño en su casa. El comedor y la sala se inundaron. El agua fluyó limpia por debajo de la puerta buscando la pendiente de la calle.

Hasta hoy, Hurraca, viejo y con pocos dientes, asegura que los santos lloraron tres días la muerte de su madrina.
—–

Yoruba: etnia africana.
Orichas: deidades o santos  Yorubas.
Eleggua: Oricha niño. Abre los caminos.
Changó: Oricha mayor. Rey de los Orichas.
Obbatalá: Oricha de la sabiduría e inteligencia. El color blanco lo representa.  

Ariel Glaria

Ariel Glaría Enriquez: Nací en la Habana Cuba en el año 1969. Soy orgulloso portador de un concepto en peligro de extinción: habanero. No conozco otra ciudad, por eso la vida en ella, sus costumbres, dichas y dolor son el mayor motivo por el que escribo. Estudie la especialidad de Dibujo Mecánico, pero trabajo como restaurador. Sueño una habana con el esplendor y la importancia que tuvo.

2 comentarios sobre “La santería y yo

  • La santeria,como cualquier otra religion,debe su existencia a la fe y mientras no se demuestre lo contrario es tan valida como el catolicismo,el Islam,el judaismo o cualquier otra.En mi familia hay practicante desde siempre.Como la gran mayoria que se educo en el sistema cubano creci ateo,pero en determinado momento,por desesperacion, busque apoyo y consejo en la religion .Recuerdo que me acerque a un anciano palero que me dijo:No le prestes atencion ni des credibilidad a quien pretenda venderte la fe,los santos no necesitan de dinero y quien ponga precio a sus consejos es un charlatan..Demas esta decir que la encontre sin pagar mirando hacia dentro y no afuera, pero en su busqueda me sirvio para darme cuenta que la gran mayoria de los que se dicen babalao,sacerdotes,pastores,consejeros espirituales etc que encontre,no son otra cosa que oportunista que lucran del desespero y las necesidades de sus semejantes y han hecho de las religiones afro y de otras,un lucrativo negocio que se alimenta de la ignorancia,la deseperacion y la ingenuidad de quienes lo sustentan..En un pais donde casi todos nos creemos listos,resulta contradictorio que nos pongan plumas en el trasero y nos vendan como guanajo.

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  • Un tema que tiene mil y una aristas, está recreado aquí con frescura y sencillez, como si todavía el Ariel-niño estuviera apretando las manos con las bolas a su estómago. Muy bueno.

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