Crónica en tiempo fílmico (II)

Ariel Glaria Enriquez

23 y L

HAVANA TIMES – La cámara pasa del rostro del hombre de cincuenta años, que lleva mochila y gorra, a los rostros de las gentes que junto a nosotros esperan a que se desocupen las banquetas en la cancha del Coppelia.

Después realiza un plano secuencia del  área donde se aprecian, a lo largo de la barra, las espaldas de los consumidores, las caras de las empleadas detrás del mostrador y el vacío de algunas banquetas que faltan.

Crónica en tiempo fílmico (1)

Un empleado pasa cerca de la cola. La cámara lo toma. El hombre le hace una seña indescifrable al custodio que dirige la espera. La cámara apenas logra enfocarlo  entre el gentío que ya espera en la calle.

Cuando el trabajador termina sus señas me acerco a él. La cámara me sigue.

“¿Qué sabores tienen?”, le pregunto.

Sin mirarme señala la tabla.

“Ya sé lo que dice, pero la de allá decía lo mismo y solo tenían helado de plátano” –dije.

“Lo que está escrito en esta es lo que hay” – responde una vez más sin mirarme y desaparece. Literalmente se pierde. La cámara intenta seguirlo, pero realiza dislocadas tomas que terminan en el rostro del hombre de cincuenta años y en mi de pie a su lado.

En la cola de la cancha las miradas permanecen expectantes, fijas en las banquetas ocupadas. Una empleada ordena que pasen los primeros, entre los que estamos el hombre de cincuenta años y yo. La cámara sigue al grupo. Luego se ubica en la parte interna de la barra.

El cincuentón ocupa la banqueta de mi izquierda. La camarera, con una pequeña libreta y un mocho de lápiz, comienza a anotar los pedidos en el extremo de la barra más alejado a nosotros.  La cámara la acompaña.  A mi izquierda mi compañero de mesa se acomoda la mochila sobre las piernas.

“Ya no se puede salir sin que todo sea una molestia. – me dice -. Por eso hace tiempo no salgo. Prefiero estar metido en mi casa, con mis telenovelas y mis películas de terror – acompaña la frase uniendo las puntas de los dedos de ambas manos y dibujando con ellas un cuadrado en el aire-. Estoy aquí hoy porque tenía que buscarle unas medicinas a la vieja y de paso se me ocurrió comprarle helado. Pero si le meto el de plátano se me muere.”

La Calle 23

La empleada llega a nosotros “vainilla y guayaba es lo que tengo”, nos dice. Detrás de ella, desde un ángulo cercano, la cámara enfoca la expresión en mi rostro mientras la escucho. El hombre de cincuenta años se rasca la cabeza por encima de la gorra.

“Deme tres ensaladas de guayaba y una de guayaba y vainilla” – Pide.

Yo pido dos ensaladas combinadas. La empleada anota y se aleja. La cámara se queda unos segundos frente a mí y mi vecino de la izquierda: “Por lo menos con el de guayaba mi vieja no tiene que ir al baño por la noche”- me explica.

La cámara vuelve al otro extremo de la barra, donde todo el mundo ha comenzado a tomar su helado. Uno a uno los rostros de los consumidores van apareciendo en  pantalla. Cada uno sugiere un estado de ánimo similar. El vecino de mi derecha, un joven de unos veinte años corto, en el que no me había fijado, opina que el helado está muy bueno y cuenta que en su pueblo natal el helado es como ciencia ficción. Mientras lo escucho trituro la decimocuarta partícula de hielo puro que me cae en la boca.

La cámara me espera en la salida de Coppelia por la avenida 23.  Antes de mi llegada realiza un plano secuencia que se inicia en la intersección de las calle L y 23 en pendiente hasta el mar, la popular Rampa habanera, con sus aceras concurridas, sus frondas, la avenida circulada por automóviles en ambas direcciones, la llegada y partida de vehículos en la entrada del hotel Habana libre, casi transparente al ser confrontado en toda su verticalidad contra el cielo despejado de aquella fresca tarde reciente de noviembre.

Mientras me aproximo, la cámara comienza un acercamiento lento  de mi rostro que va perdiendo nitidez hasta fundirse entre cientos, miles, de difusas cuadrículas en colores. Son las 4 y 20 de la tarde.

 

Ariel Glaria

Ariel Glaría Enriquez: Nací en la Habana Cuba en el año 1969. Soy orgulloso portador de un concepto en peligro de extinción: habanero. No conozco otra ciudad, por eso la vida en ella, sus costumbres, dichas y dolor son el mayor motivo por el que escribo. Estudie la especialidad de Dibujo Mecánico, pero trabajo como restaurador. Sueño una habana con el esplendor y la importancia que tuvo.


2 thoughts on “Crónica en tiempo fílmico (II)

  • el 23 diciembre, 2017 a las 12:30 am
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    La cámara tiene que plantarse en un plano fijo, pero dentro del Hotel Habana Libre o del Hotel Nacional mejor, en el salon de mesa bufet en la parte de los helados cremosos, que no se derriten fácil, pero para consumir esos helados tienes que tener acceso al hotel, estar hospedado o que te inviten, y por menos de 20 CUC, no vas a probar los helados…, ni toda la comida que hay en ese lugar. Prohibida para los bolsillos huérfanos de los pobres, pero no de los pobres de espíritu, que para ellos es el Reino de los cielos. Pero que les deparará el futuro a esos pobres de bolsillo? Alguien tiene la respuesta?

  • el 12 diciembre, 2017 a las 9:01 am
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    Luego la cámara comienza a alejarse nuevamente, tu rostro se hace perceptible y va subiendo en una toma de picado que te convierten , a ti y cuantos te rodean , en minúsculas hormiguitas, después gira hacia la derecha, desciende vertiginosamente y en un tremendo contrapicado muestra la imagen de la Catedral del Helado vencedora, demoledora (mientras van pasando los créditos con música de la Charanga Habanera “Gozando en La Habana”).

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