¡Que termine ya la cuarentena!

El mundo nos rompe a todos, y después, muchos son fuertes en los lugares rotos. -E. Hemingway

Por Alfredo Fernández

Foto: Julio Estrella / elcomercio.com

HAVANA TIMES – Aquí, en Ecuador, hemos cumplido más de 60 días de cuarentena, con toque de queda incluido, de 2:00 pm a 5:00 am. El país ya lleva más de dos meses de parálisis. Una economía que andaba mal como la ecuatoriana, ahora tiene el añadido de más un millón de desempleados, debido al cierre de muchos trabajos y del quiebre, de casi todas la PYMES.

Yo, que hace más de tres años no tengo trabajo, sé bien lo que es tener que subsistir teniendo que salir a la calle día a día a ver qué se resuelve. En estos días, a propósito de la cuarentena mundial, he leído una sección de Diario de Cuba titulada Cómo pasan la cuarentena los cubanos por el mundo, en la cual todas las personas entrevistadas, por lo general, tienen trabajo o sobreviven con algún tipo de ayuda estatal.

No es mi caso, la cuarentena mía ha estado marcada por el poco dinero obtenido en las apenas nueve horas permitidas para permanecer en la calle, el cual casi siempre es bien poco, aunque eso sí, debo dejar en claro que he sido objeto de la solidaridad de varios amigos que me han ayudado durante estos dos meses y medio.

La realidad con su propio peso comienza a imponerse, el daño, si bien aún no se nota en la oferta de alimentos -hasta ahora esta permanece intacta en Ecuador- ya es evidente en el poder adquisitivo de los ciudadanos.

El Gobierno ecuatoriano tiene un poder de acción bien limitado para enfrentar esta crisis, debo decir que me he inscrito en todas las páginas que este abrió para ayudar a los ciudadanos en condición de vulnerabilidad, pero, hasta hoy, ninguna ayuda ha llegado a mis manos, como tampoco a Segundo, un vecino anciano que vive solo y al que ayudo de alguna manera. Es cierto que hay personas que ha recibido ayuda del Gobierno, también de iglesias y de otras instituciones.

Las que me han dado a mí, hasta ahora, han llegado en exclusivo de la bondad de los amigos, es a ellos a quienes les debo todo el crédito, luego que termine – o que empiece a terminar- esta pesadilla.

Si bien el Ecuador ha sido uno de los países más afectados por la enfermedad, debo aclarar que no conozco a nadie de mi círculo de conocidos que haya contraído la Covid-19, mucho menos conozco a ningún fallecido, por tanto, debo también agradecer que, pese a todo, las fauces más tenebrosas de este evento, aún se encuentran alejadas de mí, quiera la vida que así continúe siendo.

Insisto en la idea que este proceso que vivimos hoy en día, difícilmente nos devolverá igual como personas. Quizá, mejores, aunque también, en algunas cosas, podemos terminar peor. Hoy hablé con una amiga que siempre que nos vemos nos damos un fuerte abrazo, nos queremos mucho e invariablemente, hacemos ese ritual cuando nos encontramos a modo de reafirmación de nuestro afecto.

El caso es que me asombró, sobremanera, el escuchar a mi amiga advertirme, por teléfono, de que “cuando nos viéramos ya no podíamos abrazarnos”, eso me recordó una de las escenas finales de la película checa Milada, en la cual la protagonista, condenada a la horca por los comunistas rusos que ocupaban Praga en 1950, se le imposibilita tocar a su hija, momentos antes de ser ejecutada, la opositora tiene que darle de lejos el último adiós a su niña, pues evitar el contacto físico es parte del juego dictatorial.

El ser humano es, ante todo, un ser social, necesita del otro quiéralo o no, así ha sido hasta hoy. De hecho, hace diez mil años, cuando la esperanza de vida era apenas de 18 años, fue precisamente el contacto físico, traducido en solidaridad, lo que nos permitió sobrevivir como especie, pues, en la comunidad primitiva, casi siempre eran otros miembros de la tribu los que terminaban de criar a los hijos, pues los padres, inevitablemente, morían adolescentes.

Este virus ataca, más que a los pulmones, a los afectos, a la proximidad física, la cual ya venía lastimada por las redes sociales y los celulares.

Ahora, el rostro de una persona adquiere el rango de intimidad, solo podremos identificar a alguien si este, en un verdadero acto de confianza, nos lo permite y se despoja de su máscara.

Hoy, todos somos zorros, con un antifaz a tiempo completo que nos permite esconder nuestro rostro físico. Ojalá, y la sociedad contemporánea no se aislé más de lo que está.

En lo personal me encantan las redes sociales, pues por lo general las uso para aprender, o para entretenerme con el mejor arte posible, más no debo confundirme y jamás sobreponer el acto de una conversación frente a frente, con un amigo, a una vía Skype.

Que termine ya esta cuarentena y así, al ritmo que sea necesario, aproximarnos más a la inmunidad de rebaño, para con ella, regresar a esa etapa en la cual no usábamos otras máscaras, para dirigirnos a los demás, que aquellas que elegimos nosotros mismos y no una pandemia despiadada que ataca los afectos.

Alfredo Fernandez

Alfredo Fernandez: No me fui de Cuba, pues uno no se marcha de donde nunca ha estado. Luego de gravitar por 37 años en esa extraña isla, logré pisar tierra firme, sólo para comprobar que no he llegado a ninguna parte. Quizás y nunca perteneceré a sitio alguno. Ahora vivo en Ecuador, pero por favor, no me crean del todo que ando donde digo, mejor localícenme en la Cuba de mis sueños.

2 comentarios sobre “¡Que termine ya la cuarentena!

  • Amigo, empiezas tu escrito diciendo que tienes años que no trabajas o que no tienes trabajo fijo, cuando termine la cuarentena organiza tu vida y búscate un trabajo, hay momentos que no se puede estar escogiendo que nos gusta o que estudiamos lo que hay que hacer es trabajar y hacer una vida, no solo se puede vivir de la caridad publica

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    • Perdón, pero jamás he vivido de la caridad publica, en estos años no he hecho más que trabajar, si no tengo trabajo es porque aquí no lo hay. Los que me conocen saben que hago cualquier cosa por vivir! Saludos!

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