El precio de no tener precio

Yo tengo otra Patria, la de mis sueños -Reinaldo Arenas

Alfredo Fernández

alfredo-27-4-2015HAVANA TIMES — El pasado 11 de marzo de 2015 a los efectos del gobierno cubano dejé, de manera oficial, de ser un ciudadano de ese país. Sí, ahora soy un ciudadano de ninguna parte, algo así como un palestino tropical, alguien sin un país que lo represente de manera oficial, aunque dudo que el gobierno de la isla me hubiera defendido en un problema.

Mi nacionalidad se perdió de a poco, llegué a Ecuador en marzo de 2013 con la intención de visitar Cuba para fin de año, pero el trabajo que por entonces tenía no me daba vacaciones hasta pasado un año, luego, en el 2014, me embarqué en el proyecto de la Universidad de las Artes de Guayaquil como profesor, proyecto que para mí sólo fue promesas, me dijeron que allí tenía trabajo para 3 años, los cuales se convirtieron en 6 meses.

Llegó agosto del 2014 y desencantado del mundo del empleo comencé un negocio que solo hoy comienza a dar sus primeros frutos, pero no tanto como para pagar los 120 dólares que pide la embajada cubana a cambio de prorrogar mi nacionalidad por apenas 3 meses, encima luego tendría que comprar el costosísimo pasaje a Cuba.

Otro tanto que me hizo tomar la decisión de apartarme de mi nacionalidad es un acápite en la petición de documentos de la embajada en donde tengo que hacerle una carta al DIE donde explique la razón, o las razones, por la cual no fui a Cuba en dos años. Al leer esto se me quedó en el paladar un sabor a niño chiquito que hasta hoy no se aparta de mí, algún día el DIE y todas las instituciones del gobierno cubano tendrán que pedirle perdón a sus ciudadanos por tanto dolor y trabajo que nos han provocado.

El domingo, antes del 11 de marzo, mientras chateaba con alguien en la página de Facebook ¨Cubanos en Ecuador¨ tomé la difícil decisión, pues si bien un amigo me prestaba los 120 dólares, decidí, a título de golondrina que no compone verano, quedar bien conmigo mismo y no someterme a la humillación de que alguien decidiera por mí si yo podía seguir siendo o no cubano, así como de perder mis 120 dólares en caso de que La Habana respondiera de manera negativa la petición.

Otra buena razón es que me resulta imposible imaginar a mis dedos sobre un teclado para escribirle a algún oscuro funcionario del DIE –ni a nadie que no se lo merezcan– las razones por las cuales no he podido ir a mi país en dos años. Son mis razones personales con todo lo que ello implica.

La decisión de facto me deja sin poder heredar la casa de mis padres, hecha con sangré por ellos, para que yo tuviera algo seguro en el mañana, pero bueno, lo “seguro y mañana” ya sé que a son sólo una ilusión. Y lo que es peor, con la tristeza que en mis padres implica saber mi difícil decisión.

Recuerdo a mi padre, hasta ahora comunista, que siendo yo un niño, a principios de los ochentas, no se cansaba de decirme, -mijo, en el año 2000 seremos el Japón de América- y el viejo en verdad tenía razón, hoy las ciudades de Cuba se parecen a las Hiroshima y Nagasaki de 1945, aunque al contrario de japoneses de entonces, los cubanos aún no se vislumbramos la esperanza de algún día vivir en un país que no tengamos que emigrar para realizar nuestros sueños.

Hoy asumo que ser cubano es mucho más que ir a la isla antes de los 2 años, o reunirse cada cierto domingo en el parque La California de Quito, a guarachear entre cubanos, reunión a la que alguna vez estuve tentado a asistir, pero no, ya sé que allí no está lo que busco de Cuba, esas reuniones son demasiado poco para mi ambición.

Desde hoy desaprenderé el himno nacional, así como me será imposible tener una bandera cubana cerca de mí, de hecho no debiera existir ninguna, arma fundamental de los nacionalistas para dividir a las personas en un mundo donde debiéramos llevarnos como hermanos.

Asumo toda la responsabilidad que ello implica y me quedo con la Cuba de los trovadores, preferentemente los viejos, Sindo  y Manuel Corona, el son y la salsa, la literatura de Alejo Carpentier, las composiciones del maestro Lecuona, la pintura de Wilfredo Lam, la poesía de Rolando Escardó, las canciones de Bola de Nieve y a cuenta y riesgo con el cubaneo, que tanto de nuestra mala suerte presente nos ha traído, lo demás es demasiado carga para mí, se la cedo a quien pueda interesar.

Alfredo Fernandez

Alfredo Fernandez: No me fui de Cuba, pues uno no se marcha de donde nunca ha estado. Luego de gravitar por 37 años en esa extraña isla, logré pisar tierra firme, sólo para comprobar que no he llegado a ninguna parte. Quizás y nunca perteneceré a sitio alguno. Ahora vivo en Ecuador, pero por favor, no me crean del todo que ando donde digo, mejor localícenme en la Cuba de mis sueños.


49 thoughts on “El precio de no tener precio

  • el 7 mayo, 2015 a las 9:43 am
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    Alfredo:

    Al margen de lo castrante que aún resultan las regulaciones migratorias, entiendo que con tu decisión no cambias nada y sólo te perjudicas tú y de paso a los tuyos. No veo utilidad en quemar naves así.

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