¿Y sin embargo se mueve…para donde?

Armando Chaguaceda

Salgo a caminar este mañana en la bucólica Xalapa. No es otro domingo normal, pues se celebran las elecciones federales intermedias para renovar las asambleas legislativas y algunos ejecutivos locales.

El Instituto Federal Electoral avaló mi participación como Observador Internacional en estos comicios marcados por el desencanto ciudadano y las amenazas de una masiva anulación del voto; por eso recorro varios colegios electorales del centro citadino, donde la lenta y escasa afluencia de votantes parece presagiar desinterés  de la gente.

Dialogo con los funcionarios electorales, asentados frente al Palacio de Gobierno, quienes  me describen un ambiente normal, pero matizado por queja de pobladores de otros estados que han visto impedido su derecho cívico en mesas especiales dispuestas al efecto.

El descontento ciudadano con los poderes formales (partidos, instancias de gobierno, ente electoral) y fácticos (empresariales y mediáticos) es palpable en México. La transición a la democracia, conservadora e inacabada, si bien expandió la esfera pública y garantizó la alternancia electoral, entronizó en el poder a un sistema de partidos cada vez más semejantes, herederos del clientelismo y autoritarismo de la cultura política priista.

Y los monopolios nutridos por la privatización neoliberal, promueven candidatos afines que vacían o bloquean transformaciones necesarias como la Ley de Medios y la Reforma del Estado.

Para colmo el crimen organizado, penetrando estructuras económicas y políticas, se convierte en amenaza para toda ciudadanía y es enfrentado desde el gobierno con políticas de seguridad de dudoso desempeño. La suma de todo ha derivado en un malestar creciente, que hoy parece avanzar de la ambigua y espontánea Campaña por el Voto Nulo a una Asamblea Nacional postelectoral, capaz de articular la diversidad de voces y grupos  ciudadanos.

Quiero creer que de este tránsito de la protesta a la propuesta todo esto saldrá algo vivo y una lección para nuestros países y movimientos en una coyuntura regional cada vez más difícil, con victorias electorales de la derecha, asonadas golpistas y mesías de todo signo ideológico buscando reelegirse y asedios al auténtico protagonismo popular.

A principio de año señalé la inminencia de un giro conservador, y el paulatino declive de las experiencias progresistas, nacidas de la articulación de protesta social y reformismo institucional, que han marcado el signo de la última década en Latinoamérica. Hoy vuelvo mis ojos hacia esas notas. Y creo constatar preocupado no me erré mis predicciones.

Los efectos combinados de la crisis global, cuyos impactos nacionales son difícilmente administrados por estos gobiernos “progresistas”, las demandas aún irresueltas por las políticas sociales de corte asistencial y la resistencia estatal y partidista a profundizar la innovación participativa procedente del campo popular, pueden estar señalando luces de alarma al final del camino.

Sin profundas transformaciones estructurales (en estos gobiernos progresistas y en Cuba) y con el visible fortalecimiento de tendencias estatistas (autoritarias o socialdemócratas) que acotan el alcance del empoderamiento ciudadano, no iremos muy lejos.

La recomposición de alianzas entre el capital trasnacional -depredador ambiental y hambriento de mercados de consumo y fuentes de materias primas- y las élites nativas avanza hacia la conformación de bloques dominantes con nexos más sólidos que aquellos que las fuerzas progresistas podemos oponerles.

El “conservadurismo del siglo XXI” parece tomar hoy dos expresiones en América Latina. Una suave, que acota el protagonismo popular y privilegia soluciones autocráticas y reformistas, se ampara en el desprestigio masivo del neoliberalismo (amplificado por la crisis actual) y los resultados de amplias políticas sociales desplegadas desde Caracas a Brasilia. Por su parte la versión dura de la Contrarreforma neo-neoliberal cuenta con las poderosas oligarquías y sus intelectuales afines, que expanden su actividad dentro y fuera de nuestros países.

Los seres humanos nos adaptamos con demasiada frecuencia a las situaciones cómodas, generándose una peligrosa amnesia histórica y la esterilidad del pensamiento crítico. La izquierda gubernamental del siglo XX, a despecho de la épica revolucionaria y el sacrificio cotidiano de tanta gente, malogró la oportunidad de erigir un proyecto civilizatorio alternativo al burgués.

Ojala no nos pase ahora lo mismo, cuando los cancerberos de la oligarquía parece volver por sus fueros y los gobiernos de izquierda dan aliento a soluciones tecno-burocráticas, del tipo “control, disciplina y crecimiento”.

Por suerte la partida no está decidida, los tiempos y los pueblos no son estáticos, y hasta la Organización de Estados Americanos, espejo de los cambios, parece rectificar servilismos de antaño. Sin embargo, a una década del viraje Post Consenso de Washington, las tareas acumuladas de superar el subdesarrollo y desarrollar la emancipación por una vía poscapitalista aún esperan por ser cabalmente acometidas.



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