¿Qué hacer? (III)

Por Verónica Fernandez

Precisamente ayer, estando en mi trabajo, se me acerca para saludarme- como de costumbre- Rodolfo, una de las personas que laboran en mi centro de trabajo.  Rodolfo, a pesar de ser parco de palabras, es una persona muy querida por el colectivo de trabajadores, porque desborda nobleza y sencillez.

Con sus más de 40 años, siempre está  rodeado de jóvenes y dispuesto a darle una mano a cualquiera o “tirarle un cabo a cualquiera”- como decimos en el argot popular los cubanos-. Rodolfo está puesto siempre al detalle en su vida personal como profesional. Yo diría que a él no se le va nada o para no ser tan absolutos, casi nada.

Rodolfo es de las personas que hizo afinidad conmigo desde que lo conocí, quizás porque los dos somos capricornianos o por cosas de la misma vida.

En cuanto llegué a mi trabajo, lo vi aparecer ante mi y su primera palabra fue decirme que tenía que conversar conmigo algo que le había sucedido aquí en mi barrio, Cojimar (ubicado al este de la bahía de La Habana) y que se sentía molesto por tal acontecimiento. En verdad me preocupé, porque en los cinco años que lo conozco, nunca había visto en su rostro ni había sentido en su voz tanto desaliento.

Enseguida busqué la forma para poder sentarnos a conversar tranquilamente, aislados del mundo. Inmediatamente me comentó que había venido a la playa de Cojímar con su esposa y ya cuando se iban, decidieron comer algo y se pusieron en “la cola”- como decimos los cubanos- de un restaurante que hace menos de un año repararon y lo convirtieron en Pizzería.

Allí, después de esperar por más de dos horas para entrar y sentarse a la mesa, le encargaron al dependiente dos pizzas para cada uno. Al rato, se aparece el camarero con el encargo y sólo pone un  plato con las cuatro pizzas dobladas al medio con ausencia total de cubiertos y vasos.

Rodolfo le reclama el por qué había hecho eso, pues él quería que le sirvieran como estaba establecido y el muchacho que le sirvió no dio respuesta. Acto seguido, mira hacia el lado y se da cuenta que había otra pareja que le estaban sirviendo como se suponía que le hubiesen hecho a él, pues estas otras personas tenían sus respectivos platos cada uno con cubiertos y con sus vasos.

Fue tal la indignación que volvió  a llamar a la persona que supuestamente lo atendió o mejor aún, lo desatendió y le dijo que le explicara el por qué de tal diferencia entre ellos y la otra pareja, y absolutamente con toda la tranquilidad del mundo, la respuesta que se le dio es porque ellos pagaron en cuc (moneda libremente convertible) y Rodolfo había pagado en moneda nacional, que es lo establecido para el pago en ese lugar.

Cuando termina de contarme esta historia, totalmente creíble, porque confío en él y no tiene motivos para mentirme, al día siguiente, una vez más, tomé mi cámara  en mano y me dirigí a este lugar para fotografiar la imagen completamente distorsionada de una pizzería que aparentemente se reparó, con el objetivo de que el pueblo cubano tuviera la posibilidad de disfrutar este servicio en la moneda nacional, con la que se paga a los trabajadores, y no desvirtuando tal fin por las propias personas que laboran allí.

Y yo me sigo preguntando:-¿hasta cuándo vamos a permitir que continúen ocurriendo estas cosas? ¿Se puede sentir bien de esta manera el pueblo trabajador? ¿Vamos nosotros mismos a transformar estos lugares en moneda nacional, en lugares en cuc? ¿Dónde está la responsabilidad de un administrador, que tiene que velar porque no sucedan estas cosas? ¿Estarán calificados para su función estos trabajadores gastronómicos? ¿Donde están los controles y las auditorias que se realizan?

Continuaré pensando en el famoso libro de Vladimir Ilich Lenin y me preguntaré también: ¿QUÉ HACER?



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Un hombre y su perro, La Habana. Por Charlie Lockwood (Reino Unido). Cámera: Canon:6D Mark II

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