¿Camino a Roma?

María Matienzo Puerto

Havana is collapsing and many just go on singing.  Photo: Caridad
La Habana se está derumbando y muchos siguen cantando, foto: Caridad

No tengo ni necesito ningún pretexto para querer escribir sobre lo que me pesa. Algo así debe ser cuando se tiene cáncer. No es mi caso pero imagino que es un dolor constante en el órgano afectado que aún cuando le digas a tus amigos que todo está ok, solo lo hagas de dientes para afuera. Y que la agonía sea mayor  cuando esperas que dé resultado un tratamiento o una prueba que te hiciste y no pasa nada, nada, de nada.

Sé que es un mal comienzo. Hablar de muerte y de miseria. (uff!! Peor no podría ser.) Pero es que no puedo evitarlo más. La ciudad se derrumba y muchos siguen solo cantando, y no puedo esperar a que suceda algo, porque realmente aquí no pasa nada, nada de nada.

Ahora mismo bajo por la calle Monte y el ambiente me sugiere lo que su nombre: las columnas; los ancianos, las mujeres baratas, los borrachos o los mendigos proponiendo cualquier cosa para sobrevivir un día más; los puntos de venta clandestinos y sus vendedores susurrando el producto; unas tiendas en divisa, otras cuantas en moneda nacional (MN) con sus vitrinas que superan todo canon para convertirse en expositoras del mal gusto; los sitios acondicionados para los vendedores por cuenta propia, o para vender plantas, o guarapo; un estanquillo para el tiro al blanco; los gritos de un extremo al otro; los panes con jamón o las galletas dulces, mosqueados, vendidos en MN, casi en medio de la acera por camareros de pantalón negro y camisas de blanco cubano (gris en otra parte del mundo); y por último, la suciedad, la peste, la basura, el ruido, el churre, la mugre, el polvo y las aguas albañales saliendo de sitios que han quedado en ruinas por un incendio, por el descuido o simplemente por el tiempo.

En las noches es más cruenta la historia: los olores se mantienen y, como después de un toque de queda en una ciudad de posguerra, lo único válido es el sexo: las señas de hombres buscando algún favor barato, ya sea de una adolescente, una enana, una puta de mala muerte, un trasvesti, y hasta de una ardilla si le respondiera, si habitaran entre las columnas de la calle Monte.

Mis recuerdos de esa avenida vienen de mi niñez cuando era el camino casi obligado para regresar a casa o cuando mi mamá quería hacerme algún regalo. No era un paraíso pero tampoco se había convertido en un sendero al infierno. Confieso que ya me atormentaba el gentío, solo que entonces era más alegre o tenía mejor aspecto. (Si no, creo que mi mamá no se hubiese aventurado ni siquiera a transitarlo.)

Sí, ya sé que soy una romántica, una aferrada al pasado, una idealista, pero me jode ver cómo se cae mi ciudad. Me duele ni siquiera saber quiénes exactamente son los que tienen el poder de decidir sobre su reconstrucción o qué intenciones tienen con la que fuera antaño una plaza cosmopolita (la que además yo tampoco conocí).

Puede que tanta responsabilidad esté en las manos de esos, los indiferentes, los que no temen engavetar un proyecto porque su pueblo de origen está bien resguardado de las olas migratorias. O peor aún, puede que esté en manos de los que la conciben como un gran centro turístico en el que habitan solo los imprescindibles, en donde los precios de los café y las tiendas, hacen prohibitiva la entrada a los nacionales, y puede que de repente, en vez de ciudad, tengamos un museo.

Entonces, ¿a quién o con quién me quejo? ¿Sigo pensando en que un ser omnipotente llamado Estado (podría fácilmente llamarse Dios) va a solucionarlo todo? ¿Es que existe alguna solución que no sea apocalíptica, histérica y que declare el fin de todo? ¿Existe alguna solución?

A veces me parece que mi mal simplemente no tiene cura, y es que si decidimos evitar Monte y vamos por la calle Reina, o por Neptuno, o por 10 de Octubre (el Jesús del Monte al que cantara Eliseo Diego), chocaríamos con los mismos escombros. Tal pareciera que aquí todos los caminos conducen al mismo lugar, que no es precisamente, Roma.

Es el cuento de “La buena Pipa”, del que, además de no ver el final, no sabes por qué lo empezaste. Mientras, sigo mi lucha: no arrojo basura al piso ni siquiera la biodegradable, y al menos escribo sobre el tema, para no parecer yo también del bando de esos, los indiferentes, o para no acostumbrarme al olor a orine.

Un comentario sobre “¿Camino a Roma?

  • María

    Has hecho una crónica desgarradoramente lúcida sobre buena parte de esta ciudad que amamos y sufrimos. Me has dejado ….imaginate. Pero me da gusto reencontrarte entre nuestro equipo de HT y salvando tu alma de las desidias.
    un abrazo

    Respuesta

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