Por una visión de “Buena Fe”

Por Osmel Almaguer

Buena Fe en concierto. Foto: Caridad

HAVANA TIMES, 11 nov. — Buena Fe: dúo que irrumpió en el panorama musical cubano a principios de siglo y que durante los últimos diez años se ha afianzado en la preferencia de millones de cubanos. Integrado por Israel Rojas (vocalista, compositor y líder del proyecto), y por Yoel Martínez (guitarrista y voz segunda).

Son oriundos de la provincia de Guantánamo, la más oriental de la isla, pero radican actualmente en la capital.

Israel, abogado de profesión, es un músico empírico de gran inspiración, que se complementa muy bien con los conocimientos académicos de Yoel, quien pertenece a una familia de larga tradición musical y cursó estudios en la Escuela de Arte de Guantánamo, alcanzando el nivel medio en sus estudios de guitarra clásica.

Conservan el espíritu de la trova, sin embargo sus producciones discográficas han manifestado una inclinación progresiva hacia sonoridades más cercanas al pop y al rock, aunque les gusta mezclar en cada una de sus canciones muchísimos elementos de la música popular cubana y universal. Incluso se pueden notar ciertas influencias de corte clásico.

Componen y montan canciones a gran velocidad, característica que en ocasiones les impide dar la debida maduración a sus obras. Tienen gran presencia en los medios de difusión cubanos, y han estado vinculados a diversas causas e instituciones políticas y sociales. Son una especie de relevo, en cuanto a  la movilización juvenil, del emblemático grupo Moncada.

Su música es, no obstante, pegajosa y alegre, y sus letras ofrecen una visión crítica nada desvinculada de los hechos que rigen la realidad cubana actual. Las letras de sus canciones los convierten en una versión fusionada de cronista y profeta, y así lo aseveran los títulos que componen su discografía: Déjame entrar [2001], Arsenal [2003], Corazonero [2004], Presagios [2006], Catalejo [2008], Extremistas Nobles (con Frank Delgado) [2010] y Pi (3,14) [2010].

No juegues con mi soledad

CD Déjame entrar

Yo vengativo te alerto, tengo el deber, / porque que te estoy llamando y fue sin querer. / Yo amenazante te indico, / cuidado en mí, amor, / porque me muero de miedo ante ti, / y sé, / que siempre guardo agazapada una estocada, / y sé, / de ti lo aguantaría todo, / casi todo.

Si solo vienes a pedir, / a apoyarte en mí pá cambiar, / si solo tomaras el cuerpo, / no juegues con mi soledad. / Si solo te importa seguir, / y yo soy un puente no más, / si solo tomaras el cuerpo, / no juegues con mi soledad. / Si solo quisieras probar / tu encanto de niña feliz, / si solo tomaras el cuerpo, / no juegues con mi soledad.

Si solo vienes a pedir, / (si solo viste en mí la posibilidad), / a apoyarte en mí pá cambiar, (reparar tus fuerzas para descansar) / si solo tomaras el cuerpo, / no juegues con mi soledad. / Si solo te importa seguir / (si no será mi corazón un buen hogar), / y yo soy un puente no más, / (y solo te soy útil para continuar) si solo tomaras el cuerpo, / no juegues con mi soledad. / Si solo quisieras probar / tu encanto de niña feliz, / si solo tomaras el cuerpo, / no juegues con mi soledad.

Pequeña advertencia en forma de canción, o viceversa. Corta pero intensa. Concisa, clara, sincera, atormentada, pero dulce.

El drama que vive gran parte de los hombres modernos: esa contradicción entre las enseñanzas románticas que inundan nuestra niñez y la posmodernidad que caracteriza el proceder social entre los jóvenes.

El sujeto de esta historia se ha vuelto huraño a base de decepciones, olvido y soledad. Es un ser profundo, que sabe lo que es el amor, pero ha perdido la confianza en las personas, así como la esperanza de encontrarlo.

Es, por tanto, un hombre receloso, que prefiere herir antes que volver a sufrir alguna herida en el campo de batalla amatorio.

Para él, cualquier persona es una posible amenaza. Probablemente vé a todos los demás como a personas demasiado felices, rasgo que la gravedad de su carácter hace imposible para él.

En un rincón de su ser todavía perviven las ilusiones. La espontaneidad de los adolescentes. Es capaz de temblar ante la mujer que le hace sentir, pero advierte porque vé llegar la tormenta.

La soledad, para él, es una herida que de tanto no tocarse se va quedando dormida, y que solo una nueva estocada puede hacer dolorosa como nada en este mundo.


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