Las migraciones de Leonardo García

Osmel Almaguer

Leonardo Garcia

HAVANA TIMES — Leonardo García (Santa Clara, 1975) se encuentra entre lo más selecto de su generación. Hábil con la guitarra y con la pluma, en sus canciones ilustra, con gracia e intensidad, temas tanto cubanos como universales.

Sus letras cargadas de poesía construyen subtextos donde el país es desarmado y rearmado, donde surgen preguntas sobre la condición humana y la existencia. Y hablo de “poesía” no solo en el sentido estético —nivel de sugerencia e ideal de belleza—, sino también desde el punto de vista de rigor; pues este autor concibe cada letra con mesura y tenacidad.

Leonardo García es también un talentoso músico cuya virtud ha sido reconocida en numerosas ocasiones. Destacan entre ellas: Mención como autor y Premio de Orquestación a su obra Sombras Desiertas en el Festival OTI (2001); Premio de Orquestación a la obra Entre la luna y yo (Adolfo Guzmán, 2003); Premio en la categoría de Trova al disco De paso por el sol, editado por el Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau (Cubadisco, 2008).

Hasta el presente, cuenta con el disco: Días corriendo (producción independiente, 2002). También ha sido antologado en varias producciones.

Emigro

Monto en el auto, ya casi termino, sostengo la foto de algunos amigos, / comienzo a moverme, sopla la confianza en la ventana.

Pasan las últimas casas y el pueblo se pierde, detrás de los perros las cercas me ladran / estallan mis ojos, las pupilas rotas me delatan.

Los tiempos se han vuelto duros. / Correr sin un sentido es intentar el sueño de vivir, / llevo el alma de abrigo, no debo detenerme a pensar, / no volveré la cabeza, / no quiero mirar.

Hay una garza volando a la izquierda, su sombra y mi sombra se cortan y juegan, / entran juntas al valle, abandonan el río y ya se alejan. / Cuentan los campos que en campos vecinos, los ciervos escapan / rozando los ruidos, / sobrecargas del tiempo nos apartan los pasos del camino.

El mundo será testigo, esta carretera entrega alimentos a mi serenidad. / Correr sin un sentido es intentar el sueño de vivir, / llevo el alma de abrigo, no debo detenerme a pensar, / no volveré la cabeza, /  no quiero mirar.

Ya oscureciendo las luces despiertan, el miedo refresca mi rostro tranquilo, / aprieta el invierno y es la niebla muerta todo lo que vivo. / Correr sin un sentido es intentar el sueño de vivir, / llevo el alma de abrigo, no debo detenerme a pensar, / no volveré la cabeza, / no quiero mirar.

No es difícil pensar que el autor de esta canción ha vivido la experiencia de la migración, aunque sepamos que los poetas son también creadores de ficciones.

La historia contada transcurre en una carretera. Comienza en el punto de emigración A y concluye en el punto de inmigración B. Es esta carretera todo lo que separa a ambos extremos, y para el emigrante es también, en el lapso de tiempo que dura el movimiento, una especie de universo provisional.

En ella el sujeto se encuentra en íntima relación con sus elementos: el aire que al golpear su rostro le llena de confianza, aquello que encuentra a su paso y de lo cual se alimenta, y por último esa extraña sensación que se tiene ante lo nuevo y desconocido, que no por deseado deja de parecer atemorizante.

Una lectura superficial de la letra nos arroja la siguiente información: sujeto que parte en auto desde su pueblo natal, abandonando su casa y amigos, sacrificando lo que ama en pos de un ideal, viaja por una larga carretera hasta llegar a su destino; o sea, ciudad grande y desconocida, donde el clima invernal sugiere tristeza y arrecia la nostalgia.

Pero sucede que esa carretera, que comienza en el punto inicial A y concluye en el punto final B, puede también ser una parábola y trascender su mera condición de camino pavimentado, para constituirse en camino al exilio, lo que dota de universalidad al tratamiento con que el autor dota al tema de la migración.

Así, esta carretera puede ser también un río, un camino de tierra o un corredor aéreo, y Leonardo (o el sujeto que emigra) ser un guajiro que parte para la Habana, o un cubano que monta un avión hacia cualquier lugar del mundo.

Sea cual sea su condición específica, este hombre sufre y se reconoce confuso en toda esa madeja que es vivir, donde al final solo el alma es lo único que verdaderamente le abriga.

Y es así que en una tercera lectura la susodicha carretera se me antoja el paso por la vida, donde nos espera la vejez, ese estado que sirve de preámbulo a la muerte y que, generalmente, es triste y frío.

No debo detenerme al pensar, dice el autor antes de terminar con esa visión que, sin lugar a dudas, es poco optimista. No debo detenerme a pensar, no volveré la cabeza, no quiero mirar.


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