La Habana: Los mercaderes de polvo y cultura

En esta era de Internet, correo electrónico y multimedia, los libreros de viejo continúan siendo fieles seguidores de Gutenberg y otorgan un toque pintoresco a la zona colonial de La Habana

Texto y fotos por Richard Potts

Librería de Viejo privada, en la céntrica avenida Galiano.

HAVANA TIMES – La Habana Vieja, en la zona de la ciudad colonial, colmada de turistas y visitantes, frente al antiguo Palacio de los Capitanes Generales, en la Plaza de Armas, los libreros de viejo dan un toque pintoresco a uno de los lugares más concurridos por el turismo internacional.

Al contemplarlos, rememoro aquellos legendarios “bouquiniers” parisienses, que a orillas del Sena convierten en arte el viejo oficio de vender, o los libreros de la Cuesta Moyano, frente al madrileño Parque del Retiro.

Aunque desde décadas atrás existían en la capital cubana algunas librerías de uso estatales, nadie sabe exactamente cómo se extendió la vieja tradición en La Habana, cuándo la venta informal de libros viejos comenzó a invadir plazas, portales y calles. Algunos la ubican cuando el colapso del bloque socialista y la falta de financiamiento paralizaron casi todas las editoriales cubanas, y algunos ciudadanos vieron un filón comercial en la reventa de textos de uso.

Como dato curioso, de 1959 a 1999 fueron publicados en Cuba más de 30 mil títulos en todos los géneros literarios, con una tirada superior a los 900 millones de ejemplares, según datos del Instituto Cubano del Libro, sin contar otras miles de obras importadas de editoriales extranjeras.

Por tanto, en Cuba abunda el libro de uso, en un país donde la inmensa mayoría de la población sabe leer y escribir y el analfabetismo es menor a un 1%. Así, la reventa informal se extendió a portales y calles, en donde personajes a veces dignos de una novela de Víctor Hugo exponen su mercancía.

Pueden verse por esquinas céntricas, donde plantan sus tarimas o extienden periódicos viejos sobre el suelo para colocar sus tesoros, entre los que puede encontrarse casi cualquier cosa impresa: Añejas historias universales, tomos sueltos de la Enciclopedia Uteha, libros de la Biblioteca de Selecciones, cursos de secretariado y taquigrafía, novelas policíacas y rosa, revistas antiguas y modernas.

Libreros de la Plaza de Armas.

Desde los grandes clásicos hasta la subliteratura del consumo masivo, todo puede asaltar los ojos del paseante desde la tarima del librero de viejo. En esta villa de San Cristóbal de La Habana, conocí algunos sorprendentes como Eustaquio, quien cuando alguien pregunta el precio menciona una suma exorbitante, porque Eustaquio es una “rara avis” del comercio libresco, con un amor tan entrañable por la letra impresa que parece disgustarle vender los libros que -nadie sabe por qué motivos arcanos- coloca sobre papel de estraza en un parque habanero.

El Gobierno mantenía también algunos pocos establecimientos de compra y venta que visitábamos los bibliómanos, pero el “boom” se produjo a principios de los 90, cuando con el auge del turismo, los libreros de viejo descubrieron que los visitantes extranjeros eran clientes potenciales, y en cuanto se legalizaron unas 200 actividades laborales privadas, el vendedor de libros de uso reapareció legitimado entre ellas.

El resultado se ve en La Habana Colonial y otros puntos turísticos, donde el antiguo vendedor de portal ha sido sustituido por comerciantes que a menudo hablan inglés, francés o italiano, lo suficiente para entenderse sobre precios y títulos.

En Cuba hay profesionales jubilados en actividades colaterales como esta, a fin de incrementar sus ingresos. “Aquí nadie se hace rico -dice José Luis, un arquitecto retirado – pero obtenemos una ganancia extra para la economía familiar.”

“El problema -afirma Augusto, desde la tarima contigua- es que los turistas no quieren pagar por lo que realmente vale nuestra mercancía. Por ser un país tercermundista, esperan encontrarlo todo más barato que en el suyo propio.”

Stand de Ediciones Boloña.- La Feria del libro, anualmente, atrae miles de compradores, cubanos y extranjeros.

Todos los libreros pagan un impuesto al Gobierno, establecido para las actividades denominadas “por cuenta propia.” En cuanto a la ganancia, la mayoría afirma que puede ser muy variable. “Pero da para vivir  – afirma Pedro, abogado retirado – y además me gustan los libros y rescatar muchos que de otra manera desaparecerían.”

Entre las obras más solicitadas hay algunas contemporáneas: El diario del Che, Fidel y la religión, y obras agotadas de narradores y poetas cubanos y latinoamericanos como Alejo Carpentier, Julio Cortázar, Gabriel García Márquez y Mario Benedetti.

Otra cosa son los textos de artes plásticas, arquitectura colonial, música y otros temas que los especialistas extranjeros suelen buscar, como ensayos e investigaciones sobre cultos sincréticos, folklore y religiones afrocubanas. En este último tema, son autores favoritos el ya fallecido Fernando Ortiz y la más contemporánea Natalia Bolívar.

Se han establecido también librerías en locales prestados e incluso en la misma vivienda del dueño, en cualquier barrio de La Habana. Con el tiempo y el auge comercial, el olfato de los libreros de viejo se ha afinado, y reconocen el valor de libros olvidados, como El ingenio, de Manuel Moreno Fraginals, hasta autores actuales como Dulce María Loynaz (La Hija del General, Jardín), Miguel Barnet (Cimarrón, Canción de Rachel) o Senel Paz (Un rey en el Jardín), autor del guion de Fresa y Chocolate.

Para otros como José Luis, los libros mejor pagados son las ediciones raras, a veces con un siglo de antigüedad, por las cuales algún experto extranjero puede pagar bien. En este mercado variopinto también entran curiosidades impresas: Revistas cubanas que dejaron de circular 40 y 50 años atrás, almanaques antiguos, grabados de La Habana Colonial, álbumes de variado tipo y hasta fotos y posters originales -exhibidos en las entradas de los cinematógrafos en los años 40 y 50-, de famosos filmes estadounidenses como Casablanca o Algo para Recordar.

La competencia es aguda, pues hay títulos de cierta demanda editados por decenas de miles en años anteriores y que casi todos los libreros poseen, de manera que quien llega primero al cliente, vende primero. Entre otros riesgos, hay que estar alerta ante los cambios de tiempo, cuando un chubasco tropical repentino puede arruinar su frágil mercancía en esta verdadera librería al aire libre.

Sin embargo, los libreros cubanos persisten en el empeño. Algunos también son coleccionistas y los hay antológicos como Horacio, verdadero erudito, lector empedernido, autodidacta y sagaz comerciante, con olfato para las obras valiosas y capaz de ir hasta los quintos infiernos por un libro raro. 

Librero de viejo callejero, 23 y K, Vedado.- Venden de todo, desde libros hasta periódicos y revistas viejas.

A menudo, Horacio deja su tarima con un sobrino y parte hacia pueblos del interior de la provincia tras la viuda de un abogado o los hijos de un escritor o ingeniero, que decidieron vender la biblioteca creada amorosamente por el difunto. Singular fortuna de los bibliómanos vivos, que sin saberlo nos surtimos de los tesoros acumulados por otros pasados a mejor vida.

Entre esos comerciantes de cultura empolvada algunos cometen pifias lamentables. En una plaza de La Habana, uno intentó venderme una novela en inglés titulada Chain gang, que él traducía como “la pandilla de los cadeneros” y en realidad aludía al lamento de los convictos encadenados.

Con todo, la tarima del librero de viejo siempre ha tenido – y tendrá – un encanto peculiar para los bibliómanos: pueden tomar el libro, sobarlo y hojearlo y disfrutar el placer olvidado del regateo. Además, entre ellos puede aparecer esa novela tan gustada en la juventud y ya agotada, a la que el tiempo ha dado mayor valor.

A veces el destino les juega una mala pasada, como el que en una céntrica esquina de la barriada del Vedado me pedía sesenta pesos por un añejo Tesauro Roget, recomendándolo como “obra muy valiosa y agotada, cuyo precio original era más de cien pesos.” Mientras tanto, yo hojeaba el libro distraídamente y en una de sus tapas encontré pegado el recibo de la compra original en una desaparecida librería habanera. Sonriendo lo mostré triunfalmente al librero: Diez pesos 50 centavos, vendido el 11 de septiembre de 1960. Nunca olvidaré la expresión del viejo vendedor cuando respondió a regañadientes: “¡Caramba, qué fallo! Está bien, doctor, perdí legal. Deme 5 pesos y estamos en paz.”

En fin, farsantes o eruditos, comerciantes de una cultura empolvada y comida por la traza, los libreros de viejo son los últimos mercaderes ambulantes del conocimiento, que en esta era de Internet, correo electrónico y multimedia, son fieles seguidores de Gutenberg.  En La Habana parecen haber retornado para quedarse, como símbolo de añejo cuño cultural y signo de los tiempos.

2 comentarios sobre “La Habana: Los mercaderes de polvo y cultura

  • Evidente que el trabajo está fuera de contexto..hace años los libreros fueron sacados de la Plaza de Armas y reubicados en otro espacio cercano a el lugar…

    Respuesta
    • Mis disculpas a los lectores si los he inducido a confusión. Sin embargo, el resto de las entrevistas y comentarios sobre la extensión de las librerías de viejo privadas sígue teniendo actualidad. Gracias por su aclaración, nos sirven de mucho estos comentarios.

      Respuesta

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