Gibara, Cuba intenta romper la inercia

Por Dalia Acosta

The late Cuban filmmaker Humberto Solas, founder of the Gibara Low-Budget Film Festival.

HAVANA TIMES, 26 abril (IPS) — Se apagan las luces del cine y con ellas desaparecen de esta oriental ciudad cubana los pintores que por una semana inundaron parques y plazas, los grupos de filmación espontánea, la música hasta el amanecer, los artesanos y hasta los vendedores de cóctel de camarones, masas de jaiba y pan con lechón.

Con las tarimas ambulantes también se van los jóvenes que recorrieron cientos de kilómetros desde sus sitios de origen, con los bolsillos casi vacíos y la cámara digital en mano, decididos a dormir una, dos, tres horas diarias en el banco de un parque o en la primera casa que le abriera las puertas.

“Estoy enamorado de esta ciudad. Me ha sorprendido la falta de malicia de su gente, cómo te dejan entrar a la casa y te acoge como un niño.  No sé si tengo mareos o estoy desenfocado”, dijo a IPS Alejandro Menéndez, estudiante de la Facultad de Medios de Comunicación Audiovisual del Instituto Superior de Arte de Cuba.

Menéndez viajó por su cuenta y terminó entregando sus fotos para el diario del festival. “No quisiera irme”, confesó sin saber que sólo repetía el sentir de tantos cineastas, artistas plásticos, actores de teatro, músicos, críticos de arte y periodistas que durante los últimos ocho años han pasado una semana de abril en Gibara.

Termina una vez más el Festival Internacional del Cine Pobre, creado y soñado por el ya fallecido director cubano Humberto Solás (1942-2008) para “alterar” la vida de esta pequeña ciudad marítima del oriente cubano, y la rutina cotidiana vuelve a instaurarse como si, año tras año, el encuentro no pudiera dejar de ser sólo eso: un alto en el camino.

“La pregunta es qué pasa en Gibara cuándo el festival no está, qué irradia, qué deja el festival en términos de continuidad, una dinámica que evidentemente se realza en los días del encuentro cinematográfico”, comentó a IPS Rigoberto Fabelo, director del Centro de Intercambio y Referencia sobre Iniciativas Comunitarias (Cieric).

Con estas inquietudes de fondo, un grupo de especialistas del Cieric, un centro de carácter asociativo sin fines de lucro, llegó a Gibara para realizar un diagnóstico inicial del impacto del festival en la comunidad, conversar con autoridades locales, identificar necesidades y posibles proyectos socioculturales.

“Cualquier evento de este orden, si pretendemos que tenga un nivel de sostenibilidad, de impacto y de cambio cultural permanente en una comunidad, debe estar muy vinculado con la participación comunitaria y con lo que aporte de nuevos referentes estéticos, pero también de gestión y de actuación”, afirmó Fabelo.

Observadores locales esperaban, además, que el festival contribuyera al desarrollo del turismo y atrajera inversiones para salvar el patrimonio de la ciudad, declarada Monumento Nacional en 2004. Ocho años después, Gibara carece de un hotel para recibir a los turistas y el teatro fundado en 1889 sigue cerrado en espera de restauración.

“La vida cambia totalmente cuando empieza el Festival y cuando termina.  Este movimiento, esta alegría, todas las cosas lindas que pasan constantemente en el parque, el cine, la Casa de Cultura y hasta en la propia calle, desaparecen”, cuenta a IPS Bárbara López, especialista del Museo de Historia Natural de Gibara.

Vinculada al proyecto cultural de Solás desde sus inicios en 2003 e integrante de su junta directiva, López asegura que, tras la semana del festival, la ciudad, fundada en 1817, “vuelve a ser la villa cálida, tranquila, apacible, donde todo fluye de manera rutinaria: el trabajo, la casa y esperar el fin de semana si es que hay alguna actividad”.

“Nosotros, la población gibareña, deberíamos hacer algo para mantener este movimiento más allá del momento del Festival. Tenemos potencialidades y la dirección local de Cultura podría trabajar más, por ejemplo, con esos niños que están escondidos por ahí y nos sorprenden cada día”, opinó.

Justo un grupo de cinco niñas y otro tanto de niños de Gibara se integraron este año a un taller de creación audiovisual para enviarle “un regalo” a la población infantil de la vecina isla de Haití, impactada por un sismo de gran intensidad el 12 de enero. “Hay que reír siempre”, dijo

Jorge Reyes, uno de los participantes en esta idea surgida desde una población que hace casi dos años sufrió también los embates de un terremoto.

El espacio creativo, realizado con apoyo del Fondo de las Naciones Unidas para la Infancia (Unicef), se insertó en el programa del encuentro que, del 19 al 25 de este mes, incluyó foros temáticos, proyecciones cinematográficas, obras de teatro, conciertos y exposiciones de artes visuales.

“Un logro de esta edición ha sido la gran participación del público. La gente de Gibara ha estado en todas las actividades, hasta en los foros temáticos, muchísimo más que en años anteriores”, aseguró a IPS Elia Solás, quien estuvo junto a su hermano Humberto en todo el proceso de gestación del sueño de Gibara.

Fuentes del Cieric estiman que, precisamente, esa relación entre la población y el Festival podría servir de base para la concepción e implementación de una estrategia de articulación de diferentes actores locales que permita proponer y desarrollar proyectos “más duraderos, más sostenibles y de cambios socioculturales”.

“Es una gran oportunidad para el gobierno de Gibara, para el pueblo, para Gibara en sí y para su desarrollo estratégico. Pero es una oportunidad en la medida en que se vea no sólo desde lo que sucede en el cine sino desde qué es lo que queda después”, aseguró Fabelo.

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