No hay quien entienda los algoritmos de las tiendas en CUP

Desliza la mano hasta encontrar la fecha en que le corresponde comprar y sigue el recorrido con la vista hasta descubrir que solo le tocan dos paquetes de picadillo. Foto:14ymedio

Quejas ante el enrevesado proceso para acceder a productos básicos como pollo congelado, detergente o salchichas

Por Natalia López Moya (14ymedio)

HAVANA TIMES – Con el dedo recorre la pizarra. “Esta es mi bodega”, susurra cuando pasa el índice sobre el cronograma de venta colocado a las afueras de una tienda en la calle Galiano, en La Habana. Después desliza la mano hasta encontrar la fecha en que le corresponde comprar y sigue el recorrido con la vista hasta descubrir que solo le tocan dos paquetes de picadillo. Tras desentrañar la compleja fórmula comercial, Nancy ha terminado nuevamente frustrada y sin esperanzas.

“Se necesita una licenciatura para entender estas tiendas en pesos cubanos”, se quejaba la mujer este miércoles en la mañana tras descifrar el enrevesado proceso para acceder a productos básicos como pollo congelado, detergente o salchichas. Con el paso de los meses, el mecanismo para comprar mercancías en moneda nacional se ha hecho cada vez más alambicado. “Si un extranjero se acerca y lee todo esto pensará que todos nos hemos vuelto locos, muy locos”, rezonga la señora.

“Si un extranjero se acerca y lee todo esto pensará que todos nos hemos vuelto locos, muy locos”

Si hasta hace un lustro eran los pesos convertibles los que abrían las puertas a los mercados mejor surtidos, hoy, además del dinero, se necesita pagar con altas cotas de estrés y tiempo para adquirir cualquier ingrediente destinado al plato. En la ciencia inexacta del mercado estatal, falta muchas veces la lógica y abundan los empleados corruptos, los revendedores y las frases de “no hay”. El algoritmo del racionamiento concluye más veces en hambre que en satisfacción.

Doctorados en absurdos comerciales y graduados en penurias, los cubanos han cursado infinidad de veces la universidad de la miseria. El título obtenido da más vergüenza que orgullo. Hay días en que, después de horas de espera y de un duro ejercicio mental para dilucidar el lenguaje burocrático, se limita a alcanzar unas almohadillas sanitarias femeninas o a un litro de aceite vegetal.

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